El lenguaje, más chicle que vidrio

Fiat iustitia, ne pereat mundus.

Friedrich Hegel.

La antigua idea de que las palabras tienen poderes mágicos es falsa, pero esa falsedad implica la distorsión de una verdad importante: las palabras tienen un efecto mágico.

Aldous Huxley.


Es domingo, el primero del otoño. Estoy en casa de mi tía, el reloj se acerca a la hora del almuerzo y los ñoquis son lo único que le hace falta a la mesa. Todes nos coordinamos para acomodar los cubiertos, distribuir el pan de manera equitativa, acomodar las botellas de coca -de vidrio, por supuesto-, el agua, la soda y el vino, infaltable invitado en esta familia. Algunes seguimos en el baño, nos lavamos las manos, nos chocamos sin querer en el pasillo, reímos sin intercambiar palabras y, poco a poco, las sillas se van ocupando. 

El clima de estas situaciones familiares siempre comienza liviano, débil, casi agradable. Mi prima limpia el plato lleno de tuco con el pan comprado hace menos de una hora y observo casi con timidez cómo los pedacitos de cebolla, morrón y carne se dirigen a su boca como si fuera un ritual, como si el domingo fuera el día más esperado de toda la semana. Pero el hechizo no vence a medianoche. No. El hechizo es frágil y se quiebra ante cualquier turbulencia. Y mi carruaje, junto al de otras dos primas, se rompe en el mismo instante en que alguien agarra el control de la tele, la prende y una marcha feminista aparece.

Somos tres las que abogamos por el feminismo -en mayor o menor medida-, ese movimiento que para muchas familias es una suciedad, un ácaro que debe ser arrancado, intoxicado con lavandina y esparcido con un balde de agua por el piso de empedrado. Y no tardo mucho en escuchr esas frases, esas palabras que más de une se vio en la obligación de oír: “La RAE no lo reconoció ni lo va a hacer”, “tantos problemas por resolver en el país y se ponen a pelear por algo tan poco importante”. Y ahí está la clave, en lo que nace desde lo que no podemos ver. Pero, ¿desde cuándo los efectos del lenguaje son invisibles? ¿Desde cuándo las palabras no tienen influencia sobre nosotres, sobre el resto, sobre todo? ¿No son la única manera que tenemos de darle forma a nuestro mundo, de relatar nuestros días, de crear relaciones? 

El lenguaje nunca fue, no es y jamás será un instrumento baladí. Es una bandera. Y tener presente que la política del lenguaje es una política del poder se convierte en un recordatorio necesario y obligatorio para aquellas personas que buscan aplastar a quienes, año tras año, se vieron forzades a sumergirse en el silencio. Y es que una cosa es sumergirse y otra ahogarse. ¿Y dónde está el límite? En el indicado por estas palabras que, por un momento, casi me hacen perder la compostura en la sobremesa de domingo. Ahí es donde entra el lenguaje inclusivo como un truco de magia: nos permite evocar sujetos en una realidad fluida, cambiante, otorgándoles una posición a la cual les estaba prohibido ingresar, una realidad ajena, distanciada, una realidad de la equidad, de la sororidad, de la mano amiga, del caminar sin temer. De poder vivir con libertad. Todo tipo de libertad. 

Uno de los factores que determina qué lenguaje es válido es el poder. Morimos por el poder, porque este sea reconocido, legitimado, y no solo a la hora de ejercer un tipo de influencia en un grupo social. No. Se busca confirmarlo en todo aspecto, guste o no. La validación de que lo que tenemos para ofrecer nos importa; no por nada, le roba el sueño a muchas personas. Y la palabra poder, desde cualquier perspectiva, tiene un denominador común: la capacidad de crear, de realizar, de provocar que algo ocurra, de tener un principio, un medio, un fin. No todo es color de rosas, por supuesto, y da vértigo asomarse a algunos lugares. Me arriesgo a pensar, esperando una respuesta, que este cambio en la morfología no da chance a aquellas personas que no han tenido la posibilidad de escolarizarse, aquellas personas que no se encuentran en estos círculos cerrados del debate lingüístico y social; el poder creador del lenguaje no conlleva solo a la invisibilización, sino a la falta de un existir, algo que afecta a les invisibilizades que lo sufren como a quienes ni siquiera se saben sumergides, ahogades en un corchete, al costado de alguna ruta del mundo. El lenguaje, tan maleable como él solo, no les dio oportunidad de reflexionarse, de pensarse. 

Tratar al lenguaje inclusivo fanáticamente nos lleva a la idea del determinismo lingüístico, una idea propuesta cerca de los años 40 -si no me equivoco-, que decía que el lenguaje y las determinadas estructuras sintácticas determinaban los conocimientos y los diversos procesos de pensamiento como la memoria o la percepción. Por algún motivo, esta idea me parece un poco amenazante, si la estiro y la extremo, que es lo que suele ocurrir y creo ocurrió, deviene elitista, cerrada a la calle, al pueblo. No es ahí donde vamos, pero a donde seguramente podríamos llegar si no somos capaces de cuestionar lo que se nos presenta, estado que considero esencial para poder experimentar y avanzar, probar; en este caso, el objeto de este escrito es ensayar sobre el lenguaje. Asomarme a estos huecos de duda, de interrogación, me da vértigo, lo admito. Busco miles de respuestas y solo tengo una: que este debate es esencial no solo por la lucha concreta que acarrea, sino por las luchas que deja fuera de su círculo y sus limitaciones, que son múltiples y, en ciertos momentos, la hace parecer inocua, incluso transparente. En otros momentos, me propongo tener como zanahoria que la lengua castellana clásica es junto a la portuguesa una de las más sexistas, ya que apenas hay posibilidades neutras, las que tampoco se suelen utilizar, y vuelvo un poco del abismo.

Es por todo esto que este lenguaje social, hoy tomado por una búsqueda de inclusividad en su composición, es vetado una y otra vez: porque dejarlo fluir, permitir que tenga un lugar en la interacción, que tenga influencia, es dejar que se evidencie una condición del lenguaje que, durante siglos, fue camuflada: el lenguaje es un instrumento de poder, más allá de lo que se piense a un nivel más general. Y, por supuesto, eso enfurece. Enfurece que una característica que pasaba tan desapercibida, tenga de repente tanta presencia, tanta corporalidad y tangibilidad, tanto peso político.

El lenguaje es ficción, una fibra de la imaginación humana. Si cierro los ojos, veo que el lenguaje hace brotar de la nada el más imponente de los bosques y permite que los hongos proliferen, las flores germinen entre sí y los animales moribundos se descompongan, formen parte de un nuevo ser, devengan abono, vuelvan a lo que me gustaría pensar es el comienzo de un ciclo. El lenguaje es una ficción que no tiene control y, sin embargo, se lo trata de dominar a toda costa. Si se lo deja fluir, bueno, el poder establecido comienza a desvanecer. El lenguaje inclusivo es una amenaza que busca romper con estas convenciones, las cuales son totalmente cuestionables, teniendo en cuenta que el lenguaje es eso: pura arbitrariedad. Eso ya se lo dejo a quienes saben de semiótica, yo apenas rasco la superficie de ese estudio. Pero sé que es lo más parecido a un antigénero porque mientras señala la invisibilidad, la interroga. Y cómo.

Esta sala de cuestionamiento no solo tiene lugar desde lo enunciativo, es decir, no se ha limitado a irrumpir desde un espacio, digamos físico, ocupado por las vocales, donde la negligencia ha resonado durante siglos. También lo ha llevado a cabo desde lo estilístico, desde ese abandono en lo visible, causando que su infraestructura se desplome y nos muestre sus pies desnudos y sucios, unos pies que caminan sin ningún tipo de amparo al mal tiempo. O a un gobierno irresponsable, un mal período histórico. Este debate, lleno de golpes por haberse subido a un ring tan ortodoxo, está sirviendo para crear una conciencia social: el desdoblamiento, la multiplicidad, sirven para ubicar, para darle color a un sujeto invisible que nos machacaba constantemente, un sujeto que solo podemos controlar si le tiramos un poco de pintura para no perderlo de vista.

El lenguaje es un acto político individual y esto lo lleva a ser objeto de libertad de expresión, un objeto que cuanto más consciente deviene, mayor libertad otorga. Eso es lo que molesta: que se rompa la mentira. Estirar, alargar, cuestionar y respirar en las criticadas oscuridades de un andamiaje tan cotidiano da libertad, nos libera de los barrotes, de la cárcel y nos permite dar rienda suelta, chocarnos con las paredes de esta forma geométrica que nos dieron y doblar, curvar los las fronteras sin encontrarnos obligades a escuchar cómo los huesos crujen porque terminamos entendiendo que el esqueleto del lenguaje es más parecido a un chicle que a un vidrio. Porque lejos de ser vidrio, ilusión de transferencia, reflejo, un objeto al que le añadimos fantasía, el lenguaje es algo que necesita alimento y que alimenta, que se nutre y nutre, que se deshace y deshace, que empasta y se compacta, que es homogénea o heterogénea y se estira hasta límites impensados. Pero, sobre todo, el lenguaje se puede compartir.  

Una excusa para ponerle freno a este movimiento lingüístico es la economía del lenguaje. El minimalismo a la hora de escribir sirve de mucho, pero el lenguaje inclusivo y la simplificación sintáctica se encuentran en vías que ni siquiera pertenecen a la misma autopista. ¿Por qué no molesta lo hiperbólico, las perífrasis, la elipsis del sujeto y las decenas de recursos que agrandan y rellenan, pero sí esta búsqueda de la inclusión? ¿Por qué decimos sí a la castidad en algunos aspectos, pero no en otros? ¿Por qué se habla de economizar, pero no de cambiar la sociedad, las emociones, la manera de relacionarnos? El lenguaje es un artilugio que nos permite construir la realidad, destruirla, cambiarla, darla vuelta, pero, por encima de todo esto, nos permite enfrentarnos a ella. Una herramienta que sirve para construir el futuro cercano, ir aplicando de a poco el cemento entre los ladrillos brutos, desmontar las infraestructuras mientras le damos espacio a otras y reorganizar el poder, las sociedades, las maneras de percibir, de pensar, de reaccionar, de emocionarse. 

Desarmar el lenguaje, saberlo elástico, mutable, plagado de aristas, de colores que no podemos ni siquiera vislumbrar, nos permite encontrar nuevas maneras de incursionar el mundo, de plagar de luz aquellos lugares oscuros, invisibles a la caminata. Ojalá el lenguaje inclusivo fuera la vacuna necesaria para aprender a convivir de otra manera, para dejar de lado las construcciones sociales que nos mantuvieron distantes, para vivir horizontalmente, no verticalmente. Pero no lo es: esta construcción permeable, perfectamente sumergible, vaga por las calles aferrándose a todo, absorbiendo lo que necesita y escupiendo lo prescindible, deformándose para buscar esos recovecos a los que nadie presta atención, llenarlos de vida, de libertad. Eso es lo que provoca el lenguaje inclusivo: una batalla librada desde lo que las esferas políticas no se quiere discutir, sobre todo desde esos aspectos que un mundo frío, calculador, competitivo y estratega nos hizo olvidar: el amor, la equidad, la empatía o la justicia, esa olvidada, pisoteada en la mayoría de las ocasiones por un modo de vivir frívolo, desinteresado. Sí, el debate tiene límites borrosos, indeterminables; el lenguaje inclusivo está en el tubo del ensayo, es un objeto de experimento compuesto de dosis equilibradas de cientos de líquidos inflamables que pueden llevar a la explosión del laboratorio y del edificio. Un riesgo que vamos a correr.


Escrito: Claire Chanvillard.

Arte: Matilde Néspolo.