Ahora es ahora

“Este mundo está hecho de mundos diferentes. Algunos de ellos están interconectados, otros no”.

Hirayama – el protagonista de “Perfect days” de Wim Wenders – no es coach ni influencer del buen vivir. Limpia los baños públicos de Tokio. Tiene un recorrido perfectamente diseñado para desplegar su tarea con eficacia en cada jornada. Lo acompaña un muchacho que no tiene muchas luces ni se esmera en dejar reluciente cada inodoro y cada espejo, como sí lo hace Hirayama.

Su recorrido laboral no es el único perfectamente diseñado. Como sucede en “Día de la Marmota”, Wenders nos muestra que cada uno de los días de Hirayama podría ser el mismo, pero no como una penitencia, sinó como una bendición. 

Se despierta sin alarma, riega sus plantas, se lava los dientes, se pone su mameluco y sale. Mira el cielo y sonríe. Saca una lata de una máquina expendedora y se sube a la camioneta cargada con baldes, lampazos y productos de limpieza. Mira el cielo y sonríe. Pone un cassette en el estéreo. A veces suena The Animals, o Velvet Underground, The Kinks, Otis Redding o los Stones.Tiene muy buen gusto musical. Maneja, mira el cielo y sonríe.

Durante su descanso se sienta en un banco y observa un árbol. Estudia los movimientos de su copa y las sombras que genera, le saca fotos con una cámara analógica que guarda en su bolsillo. Se come un sanguchito. Cena siempre en el mismo sitio, lee antes de dormir.

El día de descanso presenta otro tipo de rutina: revelar el rollo de la cámara y archivar cuidadosamente las fotos, ir a la lavandería, escuchar Lou Reed mientras un rayito de sol le apunta la cara, buscar un nuevo libro, y – quizá la actividad más destacable – visitar un bar en el que atiende una encantadora mujer a la que llaman “Mama”, que además de cocinar deleita a los presentes con canciones a capella. A Hirayama le conocemos la voz cuando conversa con ella.

Algunos personajes irrumpen y modifican un poco sus hábitos: la chica que le gusta a su compañero de trabajo – que descubre a Patti Smith en una escena adorable – su sobrina, su hermana rica o el ex marido de “Mama”, como también se condimentan sus días con un tatetí oculto por algún usuario del baño público, esperando ser resuelto. Esas irrupciones son fundamentales para conocerlo con los otros. Algunos mundos están interconectados, otros no.

En una sola ocasión se lo ve molesto: cuando su compañero renuncia sin previo aviso y la empresa no puede conseguir un reemplazo el mismo día. Hirayama trabaja a tiempo completo durante la jornada. Ese movimiento en su rutina lo fastidia. “Es la última vez que hago esto”, avisa a sus superiores, contundente. Esto no es un elogio al sacrificio. Él disfruta de su trabajo pero tampoco la pavada.

“Salí de tu zona de confort”, “sé proactivo”, “no te repitas”, “no te aferres a la rutina”, “abrazá el caos”, nos aconsejan los expertos en cosas. Hirayama desconoce el mundo influencer y sus reflexiones y tampoco le importa demasiado. ¿Estará en su zona de confort aferrado a esa rutina? Por supuesto. ¿Se cuestionará aquello? No lo sabemos, no parecería. No tenemos mucho material de su pasado, salvo aquella hermana rica con la que no se relaciona. ¿Habrá sido rico él también y eligió otra forma de vida? Puede ser, no tenemos certezas porque está película no es didáctica, no nos explica. Pero al observar las costumbres en repetición de este personaje se respira honestidad y cierta paz que no se percibe en la poesía especuladora y cursi de la espiritualidad 2.0 a la que esta historia le pasa un lampazo con lavandina.

“Perfect Days” es el lado luminoso del silencio, la tradición, la soledad y el disfrute del presente sin interferencias ni caprichos de salir corriendo a hacer otra cosa por aburrimiento o por haber perdido la capacidad de algo tan necesario como la serenidad.

La serenidad que precisamos para nutrir el mundo interior y ejercitar el registro de lo imperceptible que no es igual al día anterior. Wenders dijo: “Si, como Hirayama, realmente aprendés a vivir completamente en el aquí y el ahora, ya no hay rutina. La sustituye una sucesión continua de acontecimientos únicos, encuentros únicos y momentos únicos.”.

“La próxima vez es la próxima vez. Ahora es ahora” – le responde Hirayama a su sobrina cuando ella pregunta: “¿vamos al mar?” mientras andan en bicicleta.

La próxima vez irán. Porque ahora es ahora y ahora están andando en bicicleta.

Hace dos años leí un título y copete espectaculares: “Los baños públicos de Tokio que serán los protagonistas de la próxima película de Wim Wenders” y más abajo: Tokio está repensando sus baños públicos y, de la mano de Wim Wenders y algunos de los mejores arquitectos del mundo, ha empezado una cruzada para transformarlos.”

Estaba todo fríamente calculado, como el día a día de nuestro entrañable Hirayama. “The Tokio Toilet” dice su mameluco, pero resulta ser que en la vida real “Tokio Toilet Project” es una iniciativa impulsada por The Nippon Foundation que se centra en la renovación de baños públicos en el corazón de la ciudad, haciéndolos accesibles y seguros para todo tipo de usuario, sin importar edad, género o discapacidad. Wenders quedó tan impresionado con el proyecto que lo tomó como inspiración. “Casi creo que es una idea utópica porque el baño es un lugar donde todos son iguales. No hay ricos o pobres, viejos o jóvenes. Todos somos parte de la humanidad”, decía en una entrevista.

Estos baños tienen una particularidad que puede verse en la película: sus paredes son de vidrio y desde afuera podés ver el inodoro, la bacha y todos los elementos, pero una vez que la persona está adentro, los vidrios se opacan. Concretamente, podés mear mientras contemplás la ciudad, sin ser detectado. Una maravilla. Más japonés no se consigue.

Koji Yakusho se sumó a la aventura de ponerle el cuerpo al protagonista, lo que le valió el premio al mejor actor en el Festival de Cannes en 2023. Y se quedaron cortos, este actor es extraordinario.

Además del cielo y los árboles, Hirayama se deja cautivar por las sombras. La suya juega a una especie de “mancha” con la sombra de otro personaje. Se preguntan si cuando las sombras se superponen, se oscurecen más. Hirayama cree que sí, pero lo cierto es que no: se atraen entre sí y se fusionan, como los mundos cuando se interconectan. Y para disfrutar de esta película es obligatorio permitirse conectar con el de nuestro protagonista.

Hace varios días que no dejo de pensar en este personaje y que lo llevo conmigo medio de polizón a donde sea que vaya. Hace poco me subí a un colectivo angustiada por obviedades cotidianas. Tenía los auriculares puestos y – como una epifanía del aleatorio de Spotify que Hirayama miraría de reojo – empezó a sonar la canción “I Feel Good” de Nina Simone que tiene una escena crucial en este filme y apareció el polizón que pulula en mi mundo interior y se iluminó todo el bondi. Ninguna preocupación era más importante que la belleza de ese “ahora”. Bajé del colectivo con una sonrisa que no me entraba en la cara. Definitivamente es cine, dirían los jóvenes.

“Perfect Days” no solo es una película que tiene algo para contar, es una forma de vida modesta y placentera, sin grandes aspiraciones ni sacrificios, mientras el mundo sobreactúa austeridad new age y alecciona sobre conectarse con la naturaleza vía instagram.

Porque como dice Borges en el prólogo de Los Conjurados: “Al cabo de los años he observado que la belleza, como la felicidad, es frecuente. No pasa un día en que no estemos, un instante, en el paraíso”.

Por Estefanía Revas