Abajo de la autopista

..De abajo la autopista es una cloaca oscura caen la nafta y el aceite y cae la basura que tiran los hijos de puta que van adentro de esos autos que pasan para otro lado se van para otro lado mejor y a la villa la ven de arriba de costado dos minutos a ciento cincuenta kilómetros por hora. Igual se ve hermosa desde acá la autopista y la villa te da un poco de pena como si sólo de lejos ya en otra parte, ido, y ya la villa a punto de caer porque se va a caer un poco y se va a morir alguna gente ahí esta noche porque la autopista tan hermosa no sabés si no se les cae encima aunque te dijeron que no, que si se moría alguno era un accidente, que sólo querían sacarlos de ahí.

Villa 31 y Barrio Parque. El onceavo dorado 

Gabriela Cabezón Cámara

La containera nació bajo el proyecto de vivienda para los habitantes de la villa 31. Se construyó con la intención ―vamos a pensar― de aprovechar aquel espacio donde antes se encontraban los contenedores abandonados que traían del puerto. Así, se dio lugar a la relocalización de las personas de la villa en situaciones precarias y de alto riesgo. El proceso comenzó en noviembre de 2017 con 38 familias y luego fue avanzando de a tandas. Hoy, a seis años de su iniciativa, al espacio de los viejos contenedores se lo reconoce también como el: “Barrio Mugica – Ex villa 31”. 

Por alguna extraña razón mantiene el mismo estilo que el de los contenedores apilados en desuso. Eso pensé la primera vez que lo vi, pero en cuanto leí a Juan Ignacio Provéndola en la nota Un viaje por la Villa 31: youtubers, containers y piki-vóley que escribió para Página/12 allá por el 2020, fue aún más claro y lo pude confirmar: 

“Seguirán siendo pobres pero ahora en color”.

Hay hambre detrás de una pila de bloques de colores, y esa hambre se tapa con chapa, hierro y cal. La inclusión, la integridad y el proyecto de urbanización se reduce a los recovecos de la villa que siguen estando. Es en la compartida de los que no tienen, y los que tienen un poquito más, lo que funda el barrio. Lo esencial es invisible a los ojos: la identidad. Además de ser el resultado de una combinación de estímulos y  aprendizajes construidos a partir de las personas que comparten el espacio, esa identidad está dada por el contexto en donde se vive. No es lo mismo vivir en el fondo de la villa como en la entrada o en la containera. Dentro del mismo barrio hay clases sub-divididas. Pero hay algo que cargan todos, o casi todos: el trasbordo.

Si se quisiera ir a la containera hay que tener en cuenta que, por más cerca que esté, no es de fácil acceso. Una opción es llegar hasta Retiro y de ahí tomar un colectivo. Otra es tomar uno solo, el 45 o el 33, depende de donde se encuentre. Pero eso sí, hay que tener en cuenta que el cartel debe decir “Ciudad Universitaria”. Luego de elegir bien el modo de viaje, hay que prestar atención a la bajada, porque pasa muy rápido. Al no tener una parada de colectivo designada, se espera a que este frene, en lo posible cuando el semáforo en la autopista se torne rojo. Una vez abajo, empieza la preparación: sincronizar el cuerpo, el corte del semáforo y la velocidad de los autos. 

La identidad se destapa también con la respuesta a esa pregunta sublime que emerge frente al decir donde se vive: “¿dónde está eso?”. Solo quien sabe que existe ese lugar “desconocido”, la containera, entiende qué pasa por el cuerpo. Por eso la costumbre de escuchar en ocasiones repetidas: “Yo vivo por Retiro”, como si la omisión de asumir un lugar de origen fuera la estrategia infalible para salir airosos de ciertas conversaciones incómodas con otros sectores de la sociedad. Hay una constante entre vivir cerca del trabajo, estar en algún acceso directo y sentirse por fuera de la periferia de la ciudad, así sea estando a 15 minutos del centro. 

Sin embargo, no se puede omitir demasiado donde se vive. Por ejemplo, al pedir un Uber, la ubicación debe ser exacta y es ahí cuando pocos aceptan el viaje, o directamente lo cancelan a último momento. También se revela cuando se espera el colectivo para acercarse a la terminal y tomar otro bus . Entonces ¿en qué parte de Retiro exactamente se vive? Se sigue siendo parte de un sector vulnerable. La anulación puede estar visible, pero no solo en la omisión, sino también en la evidencia intratable de lo naturalizado.

Cruzar por debajo de la autopista sin senda peatonal es igual a querer cruzar la ruta en medio de la Costanera. No hay senda peatonal. Hay que esperar entre auto y auto mientras se regula el ademán del cuerpo para salir corriendo. Es igual a como cruzan los locos de la calle por la Av. 9 de Julio, en rojo, frenéticos, zigzagueando, desafiando los límites. Provocando la indignación de quienes los ven parados desde la vereda esperando un verde civilizado, pensando y diciendo internamente: “¿Cómo puede ser que crucen así? ¡Se van a matar un día!”, y a lo mejor eso buscan, ver qué pasa si no pasa nada. No pasa nada. 

La diferencia es que al menos en la costanera hay luz y en la 9 de Julio hay senda peatonal, pero debajo de la autopista el sistema está solo diseñado para quienes tienen vehículos. El peatón parecería no existir. El tiempo límite lo marca un semáforo que habilita al conductor a seguir mientras aparecen los cuerpos que cruzan como intervención. Ellos develan  un lugar habitable. Solo en esa fracción de minuto es posible reconocer quiénes son los que aprovechan el semáforo para cruzar. Porque menos mal que está el semáforo. Consuela esta tensión incómoda que nos da la sensación de estar cruzando como el loco de 9 de Julio. 

Es creíble poder chocarse con las realidades de los demás cuando se acepta que no son iguales a la nuestra. La de quienes habitan la villa aquella que no es vista, o mejor dicho, la que no se desea ver, o aún mejor: aquella que no es conocida ni se quiere conocer. O a lo mejor no es eso, a lo mejor la realidad es que sí la ven, sí saben de su existencia, pero al igual que esos pobres locos de la calle que cruzan la 9 de Julio en rojo, ya forma parte de lo naturalizado, ya es normal. Es normal que no haya una senda peatonal porque con los semáforos para los vehículos debería estar dado por hecho que se puede cruzar bien ¿qué es cruzar bien? ¿Saber cuándo cruzar o dónde cruzar?

Es importante advertir entonces la nominación “ex”, porque supone una ausencia,  un cambio, un corte, una falta, de algo o alguien. Sin embargo, acá no se cortó nada, ni habita una ausencia, excepto en las líneas blancas inexistentes que cancelan la presencia de un paso. Ahí sí podríamos hablar de una ausencia, pero no de un “ex”, ya que nada la antecede. Cuando algo se pierde, un objeto, por ejemplo, habita una grieta entre la calma y la desesperación por encontrar eso que ya no está. Si la cosa aparece se experimenta una cierta respiración honda que concluye el hallazgo. Es la impotencia de no saber volver para buscar. Esa impotencia se convierte en gestos, en distinciones y luego en un actor social: los villeros.

Perder tu casa para habitar una nueva igual a otra y a otra, siendo un color lo que las distingue, eso también marca una identidad. La realidad es que todo lo que se va acumulando a medida que la lupa crece es una visión más completa de la situación. Se logra entender que la fachada, la construcción y todo el regocijo alrededor no son más que una acumulación de desesperación por ocultar lo que ya se sabe que existe, que hay, que apropia y crece: la crisis habitacional. 

Si ingresamos por la calle Yaguareté vamos a ver cómo se asentaron los comercios a lo largo y a lo ancho de la planta baja de cada container. Locales de comida, de ropa e incluso despensas son las primeras caras ante el desconocimiento de un barrio nuevo. Y es en la libertad de las veredas con sillas blancas de plástico, de la mesa que sostiene un equipo de tereré, de los cuerpos quietos que observan a cualquier transeúnte que entra y perciben la incomodidad de saberse intruso, que se revela lo que esconde la escena: no sos de ahí. Las miradas que cruzan, el territorio que espeja, ya ni la ruta es lo insuficiente, sino que aparece lo que amalgama todo: el prejuicio dual entre los que ven del otro lado de la autopista y los que se exponen ante él

La villa no dejó de ser habitada, no dejó de ser villa, de ser un recinto amplio en donde se despliegan grandes edificios de ladrillo y cemento sin revoque. La villa no dejó de tener una identidad. Está ahí, en algún balcón donde una nena saca sus piernas entre hueco y hueco de la reja de su casa. Así expuesta, ella ve de adentro para afuera un entramado de luces, de edificios y de una autopista. Para ella debe ser una película. Para quienes la miran desde afuera, desde un auto, desde un colectivo, allá lejos: la ven en medio de un montoncito de revoques, fierros expuestos y una pila de otras casitas por arriba o debajo de ella. Adornándola a su alrededor guirnaldas de cables y lucecitas de colores. Todavía no es navidad, ni año nuevo, pero al menos ahí habita la luz que otros no llegan a ver.

Las personas que elijan ir de visita a la villa 31 ―como el periodista, ustedes o yo― así como curiosos esparcidos intentando querer ver más allá de lo que hay en la feria―si es que se animan a entrar―de lo que hay en la fachada de cada puerta ―si es que levantan los ojos para ver― de todo lo que se huele y se huye― porque por momentos se quiere huir― cuando se invade el espacio ajeno: la periferia de lo marginal, tiene que saber que el simple hecho de preguntarse cómo cruzar sin salir herido es la prueba de que no somos de ahí. Es la marca que nos separa de esa pertenencia, porque quien es de ahí no piensa cuando cruza, simplemente lo hace, como el loco que no espera a un semáforo en verde. Es en esa experiencia donde se vislumbran las jerarquías.

“La otra experiencia es aquella de siempre ser un extranjero pero nunca un expatriado. Ahí afuera no había una patria para mí. Esta es una experiencia que puede tomar diferentes formas -estar fuera de lugar, ser el extraño, o el nativo de la tierra fronteriza, una vulnerabilidad que contiene potenciales complejos”.  (Sassen, 2011. Pág, 95).

Una gran parte de las personas que viven dentro de esos containers son de otro país: paraguayos, peruanos, bolivianos, venezolanos, colombianos y podríamos seguir. Todos ellos se dispersan en ese sector habilitando una mezcla de culturas e historias. Cada persona trae consigo una patria que dejó para convertirse en un extranjero. No es menor tener en cuenta la connotación de ser extranjero y vivir en un container. Ellos hacen que la frontera sea aún más grande. Ya no se trata solo de los que están del otro lado de la autopista, sino quiénes son los que están ahí. Es la experiencia de ser extranjero y sentirse ajeno, fuera de lugar.

Parecería que a todo lo marginal se le debe dar colores para así confirmar una identidad: esto es la boca, esto es la villa. Esto es en todo caso:  la “ex”-posición de la realidad villera. Al final de todo, es asertiva la nominación “ex” porque la containera es el ex-depósito de contenedores abandonados. Antes la huella fue el abandono y el cambio, lo habitable. Ahora hay una identidad. Más allá de que por fuera de la arquitectura se busque una simetría, una igualación. Adentro de cada bloque de color hay una historia, y de seguro que ahí están las personas que son sendas peatonales, semáforos. Una indicación de: acá estamos, acá hay alguien, acá sigue la nena jugando a querer ver todas las luces desde adentro de su casa y desde afuera. 

Kevin Lynch en su libro La imagen de la ciudad habla sobre cómo nos referimos a una parte de la ciudad y que al igual que una imagen, hacemos descripciones sobre un lugar físico. Para guiarnos en ello él plantea cinco elementos que luego desarrolla: sendas, bordes, barrios, nodos y mojones. En un capítulo donde se refiere a la estructura de los barrios de Boston, toma en cuenta la figura de la autopista y dice lo siguiente:

“A través del sector central pasan dos autopistas, a saber, Storrow Drive y la Central Artery. A ambas

se las siente ambiguamente como barreras en relación con el movimiento en las calles más antiguas y como sendas cuando uno se imagina que va conduciendo por ellas. Cada aspecto tiene una faz absolutamente diferente: cuando uno se la representa desde abajo, la Artery es un muro macizo pintado de verde que aparece fragmentariamente en ciertos puntos”.

(Lynch,2008. Pág 35).

Mientras que para algunos esa autopista funciona como puente, para otros es una barrera. Y no por la estructura, sino como bien remarca Lynch: por el aspecto, por la relación con el movimiento en la calle. El movimiento, el aspecto y la disposición de los cuerpos no son iguales cuando uno está adentro de un vehículo que cuando uno es su propio vehículo. Aparece la mirada del extrañamiento cuando el movimiento y el aspecto que se tiene sobre las cosas cambian; cuando algo nuevo aparece, cuando se incorporan imágenes visuales en un mismo espacio y eso da cuenta de una realidad, de una división. 

El límite entre la villa y Retiro puede verse a medida que uno se aleja, y la diferencia entre todo esto y Puerto Madero, Recoleta y Barrio Norte da lugar a la comparación con las casas que habitan los demás chicos, la otra gente. Otra nena se ve en otro balcón, resguardada. Y esa división no hace falta decirla, porque ya está dada por la imagen que se construye. Entonces se introduce algo más que una estimulación. Se introduce la vergüenza de quienes no son parte de eso, aparece la timidez, la limitación. No se da en todos los casos, pero sí en la mayoría habita la misma mirada que bordea al otro.

“Estos bordes parecen desempeñar una función secundaria: pueden poner límites a un barrio y pueden reforzar su identidad, pero aparentemente contribuyen menos a formar un barrio. Los bordes pueden aumentar la tendencia de los barrios a fragmentar la ciudad, desorganizándola”.  (Lynch,2008. Pág, 89)

El borde que nos desorganiza es la ignorancia, la falta de  información, o de interés por esa información. El borde que nos desorganiza es esa falsa integración que se expone en los ventanales del Ministerio de Educación. No permite ver lo que hay adentro, pero sí puede verse desde adentro para afuera. Dejando así las cosas claras como plantea Foucault en Vigilar y Castigar. La construcción de una institución como bloque de control, mejor dicho, la zona de control. Es interesante pensar en ellos que los miran, analizándolos. Manteniendo una distancia, una jerarquía: “los integramos pero a nuestra forma”. Ser parte de la containera delimita. Ser mirado no es lo mismo que mirar al otro, porque uno siempre quedará en desventaja. Porque si no fuera así, ¿por qué dejaron que las ventanas fueran efecto espejo? ¿A quiénes querían espejar? ¿Qué quieren espejar?

El cuerpo es el encargado de pasar por debajo de la autopista para no volver a ser el mismo. Porque cuando el cuerpo tiene argumentos que no se pueden poner en discusión con la palabra, la experiencia tiene algo a favor y lo saca, lo empodera desde la posición en la que se encuentra, para así reivindicar la casa de colores. Eso pone en jaque a nuestros paradigmas, expone nuestra identidad, lo que nos inquieta, nos expande. Así que ahí donde falte una senda peatonal se moverán los cuerpos que cruzan las líneas invisibles. Aunque la ausencia los anule, siempre habrá un cuerpo revelándose desde algún sector de la villa para decirnos: acá también se sueña con llegar al otro lado sin que algo nos limite, sin morir en el camino.

Por Brisa Barreto Pereira
Imágenes: @plausri

Bibliografía:

  • Cabezón Cámara, Gabriela (2019). Villa 31 y Barrio Parque. El onceavo dorado en Buenos Aires Noir. Buenos Aires, Argentina: ALFAGUARA.
  • Foucault, M. (1989). Vigilar y castigar; nacimiento de la prisión (16a. ed.). Ciudad Juarez (Chihuahua): SIGLO XXI.
  • Lynch, Kevin. (2008). The Image of the City. (Revol Enrique Luis.Trad). The Massachusetts Institute of Technology Press, Cambridge (Massachusetts), 1960. 
  • Provéndola, Juan Ignacio. (2020). Un viaje por la Villa 31: youtubers, containers y piki-vóley. (Buenos Aires) Argentina: Página12.
  • Sassen, Saskia. (2011). Ciudad y Globalización, en Textos Urbanos, Volumen VII. (1a,ed). Quito, Ecuador: Organización Latinoamericana y del Caribe de Centros Históricos (OLACCHI).