La educación es un problema. Es la celebración del problema que somos las personas, todas juntas, viviendo dentro de una sociedad. Es la posibilidad de encontrarnos, escucharnos y sobre todo cuidar que tengamos los mismos derechos y oportunidades.
Hace rato que tengo la sensación de una pregunta que se detuvo. El trabajo interno de encontrarle problemas a la Educación sexual integral para pensar colectivamente buenas prácticas: mejores, amplificadoras, insólitas. Se detuvo porque tenemos que estar defendiendo la ley, blindándola, del ataque más brutal que jamás tuvo. Y lo que defendemos no es una letra escrita sino lo que ella garantiza: el derecho de niños, niñas y adolescentes a recibir una educación integral.
Sin embargo creo, también, que parte de defender la ESI es seguir encontrándole aristas difíciles. ¿Cómo podría pensarse una educación sexual impartida de manera perfecta? Imposible. Y sobre todo, no es deseable.
Durante los últimos años pienso en el lugar del cuerpo en la educación de los chicos y chicas. Muchas buenas prácticas de la Educación Sexual Integral sirvieron para denunciar violencias de múltiples tipos: abusos sexuales, maltrato físico, etc. La educación sobre la importancia del cuidado del cuerpo propio y el de lxs otrxs, el consentimiento, las diversidades, son valores adquiridos gracias a la ESI. Creo, en la misma línea de éxito de la ley, que un fantasma empezó a crecer: el mismo cuerpo que cuidamos empezó a ser un nuevo lugar de temor (diferente al que promovía la educación sexual biologicista).
En muchos casos, el cuerpo del otro pasó a ser un lugar inhabitable. Maestros que no pueden abrazar a un niño que llora si no hay otras personas presentes, chicos y chicas que no comparten juegos físicos, la ausencia del contacto en múltiples formas también en el mundo adulto.
Escribí mi último libro para infancias, Pica, sintiendo eso. No sabía por qué lo estaba escribiendo pero tenía la necesidad de volver al cuerpo propio y al ajeno. La pandemia, aún latente, ayudó a enfatizar esta disociación del cuerpo con la persona. Vi de cerca en escuelas la dificultad en el juego, en los vínculos, incluso en el compartir. Todo el entorno aséptico que tuvimos que crear durante el covid generó prácticas particulares respecto a los cuerpos dentro de entornos colectivos.
En Pica, a Margo le empieza a picar la piel y necesita ayuda. Hay lugares a donde no llega. Hay lugares de nuestro cuerpo a donde nunca vamos a llegar solos, por suerte. Margo se rasca, la rascan y se desata una ola de picazón en todo el país. Todas las personas dejan de trabajar para poder rascarse.
En la última feria del libro, a propósito de la publicación de Pica hicimos, junto a mi pareja el musicoterapeuta Sebastián Rey, un Taller de Rascado para infancias. Les preguntamos qué partes les picaban, qué métodos usaban para rascarse y los probamos todo el grupo de desconocidos juntos. Luego creamos dispositivos de rascado que inventamos. Las familias que habían venido se sumaron a participar al igual que los niños y niñas. Hubo zonas delicadas, bordes, me sentí por momentos torpe, y en ese riesgo que tomamos en un momento la tarde se volvió un espacio de intimidad que nunca había vivido como autora. Abuela y nieta frotándose contra la pared. Padre rascando a su hija como lo hacían solos en su casa. Hermanos contándose dónde, cómo y cuánto querían ser rascados. Todo dentro de un pacto de ternura y risa que no hubo que explicitar con palabras sino mostrar con nuestras acciones.
Pica es una vuelta al cuerpo y también es una vuelta al ocio. Rascarse también como no hacer nada, el derecho al descansar, a no ser productivos, juntos. Algo hoy muy difícil a nivel mundial por la intromisión de la tecnología en nuestras vidas. La promesa de la tecnología de liberarnos de tiempos esclavos como hacer una fila para un trámite o viajar para conseguir algo se volvió la certeza de tiempos esclavos en redes sociales dándoles nuestros datos a empresas de países imperialistas que son comandadas por los mismos empresarios que nos empobrecen infiltrándose en las decisiones económicas de nuestro país. Otra razón por la que no tenemos tiempo de ocio. Debemos tener múltiples trabajos para poder vivir y mantener a los nuestros- que están por fuera del sistema productivo- porque el gobierno actual convirtió al estado en benefactor de los poderes de turno y no de los ciudadanos argentinos y de todos aquellos que quieran habitar el suelo de nuestro país.
No hay tiempo, no hay ocio, no hay cuerpo, ni Estado.
El otro día escuché que el filósofo Dario Sztajnszrajber decía que la filosofía es rascarse donde no pica. En el día de las infancias quiero quedarme con eso. Hacer preguntas donde nadie las pidió. Buscar problemas donde muchos dicen ahora no. Pinchar. Revolver. Aunque incomode, en todos los contextos. Que no nos roben el derecho a ser reflexivas, a cuestionar nuestros propios espacios de construcción de conocimiento y nuestras propias prácticas en territorio.
Me acordé de la obra de Liliana Porter, ahora expuesta en Malba, y de esos personajes pequeños que hacen tareas pausadas, titánicas, que parecen infinitas. Así es el armado de las preguntas que importan. Las que no vas a terminar vos, las que abrís para otros. Yo hasta acá, dale vos.
Este año fui invitada por una de las sociólogas más importantes de nuestro país, Eleonor Faur, como docente auxiliar en la materia que dicta en UNSAM sobre ESI. Fuimos a territorio en el partido de San Martín y pudimos reflexionar largamente sobre nuestro hacer con estudiantes de las carreras de sociología y antropología. Eleonor despliega naturalmente esta reflexión como un motor encendido que no se apaga nunca porque está apoyado en la escucha y en la pregunta prudente. Digo prudente porque nunca se pone por encima de otrxs. Ni siquiera de sí misma, lo que la hace llegar a lugares mucho más jugados e interesantes. Intento ahora volver a ver esa forma suya para atesorarla como un motor activo propio.
A veces hago otros trabajos. Uno que me gusta mucho es analizar guiones ajenos. El nombre es en inglés porque muchas cosas del guión vienen del inglés y nuestro cine sufre aún esa colonización. Se llama scriptdoctor. Podemos decirle acá: clínica de guión, que es más lindo y más nuestro. Me dan el guión terminado de una película y tengo que encontrarle problemas y proponer soluciones. Algunos directores o productores vienen con dolencias varias. Con un papá médico y el edipo siempre buscando protagonismo hacer clínicas es lo más cercano que puedo estar a sentirme una trabajadora de la salud. Ponerme un guardapolvos blanco imaginario. Abrir el guión sobre mi escritorio como quien abre el cuerpo social enfermo de un pueblo entero. En cada proyecto algo de eso se deja ver. Artistas pensando nuestro tiempo. ¿De qué manera lo hacen? ¿Qué proponen? ¿Con qué sesgos vienen? ¿Aparecen las infancias? ¿Cómo son representadas? ¿Qué me hacen descubrir sobre mí misma? Buscar problemas, afuera y adentro, hacer preguntas, tirar del hilo, ver si hay tela para cortar en esas búsquedas o si son autoconclusivas. ¿Traen más interrogantes? ¿Cuáles? ¿Qué pienso nuevo después de hacer estas clínicas?
La mayoría de las veces no tengo tiempo de pensarlo mucho. Menos de escribirlo. Suelo hablarlo con amigxs, colegas, reflexionar brevemente en alguna charla o entrevista. Queda en lo verbal y pasa rápido, como todo. El tiempo que me tomé para escribir es inusual y lo deseo.
El otro día estuve en la Feria de editores FED donde charlé con varios amigxs y conocidos del mundo editorial: escritores, editores, ilustradores y libreros. Una charla fue un poco más larga, con Enzo Maqueira, autor de Higiene sexual del soltero, una novela que abre la gran pregunta por la masculinidad en la infancia y en la adolescencia. Hablamos de no tener tiempo para escribir, por los miles de trabajos, pero también por la falta de ánimo. Algo robado. Un rato después, por casualidad, coincidimos en la puerta apretándonos entre cuerpos ajenos para salir del lugar y después del embudo, al lograr el cielo de la noche entera, tuve la sensación secreta de que no quería que me robaran tanto. Fue un segundo. La gente se dispersó. Me abracé al cuerpo de mi pareja sin decir nada, llevándome esa sensación para mí.
Hoy me senté a escribir, tal vez mañana o pasado no tenga el tiempo o el ánimo para hacerlo pero creo que tal vez otra persona sí pueda y la bola de la búsqueda de problemas siga girando, con más preguntas sobre educación e infancias, y con más cuerpos juntos apretados buscando la salida.
Gabriela Larralde
