Hay una frase de Stephen King que dice : “los monstruos y los fantasmas son reales, viven dentro de nosotros y, a veces, ganan”. En Nahuelito, esas palabras se resignifican, ya que este par de amigas no sólo no escapa, como en la mayoría de las historias, sino que, además, decide ir en busca de ese monstruo. En este caso, la legendaria criatura que habita el Nahuel Huapi.
Pero durante el viaje, de las profundidades del mismo vínculo, surge una verdad oculta que pone en riesgo su amistad. El monstruo que habita la relación entre ambas trata de devorarlas y, durante toda la obra, las vemos dar batalla para ponerse al rescate.
Nahuelito habla, por sobre todas las cosas, del valor de los vínculos. La obra interpretada por Thelma Fardin, Victoria Raposo, Azul Araya y Violeta Brener, y escrita por Matías Puricelli, nos trae una nueva mirada sobre la amistad, el valor que tiene para las mujeres y las problemáticas naturales que surgen de la propia vinculación con un otre; “hay un momento en el que todes tenemos una decisión que tomar en un vínculo y lo que tiene esta obra es la construcción de que más allá de la confesión, que es lo que quiebra del todo a ese vínculo, hay una sumatoria de pequeñas cosas que después se van construyendo en el relato y sirven para mostrar qué tanto tiene de historia ese vínculo”, dice Thelma. Y es verdad: las pequeñas escenas en las que vemos a estas amigas antes de que el monstruo aparezca, nos sirven para identificarnos rápidamente e imaginar el resto de ese vínculo. Pero no sólo nos identificamos con el lado luminoso: también hay una confesión que nos recuerda ciertos lugares por los que las mujeres fuimos enjuiciadas y que en Nahuelito cobran otro valor.
—¿Qué pensás de esa confesión? ¿Cómo trabajaron ese vínculo en la obra?
— Ésa es la escena de la obra que más trabajamos en el sentido de cuál era la interpretación en este momento, porque realmente si lo hacíamos hace unos años era distinto. De hecho, el material lo empezamos a trabajar hace cuatro años, después lo dejamos y lo retomamos el año pasado. Cuando arrancamos habíamos llegado casi a esa escena de la obra, a esa confesión, pero no la terminamos. Todo el final es una construcción que hicimos este año y, en ese entonces, tenía una connotación diferente por el momento social y por el propio, de nosotros tres, de Vicky, de Puri y mío. Trabajamos mucho sobre ese texto, de hecho, el día del estreno seguimos trabajando, porque nos fuimos dando cuenta dónde estaba la construcción, qué era lo en realidad ella tenía que sacar como monstruo para limpiar el vínculo y ver si se podía revincular. Antes el personaje del novio tenía más connotación, pero fue desapareciendo la construcción de ese Marcos. Ahora es como una presencia más; no por desmerecer el vínculo de pareja, sino por resignificar otras cosas.
— Durante mucho tiempo se instaló la creencia de que existe una competencia natural entre las mujeres, en la obra queda claro que hoy la mirada va por otro lado ¿Cómo encararon eso?
— Sí, creo que nos pasó esto que se resume en el texto de Vicky al final cuando dice “al final lo que no sé es de qué lado están los celos, la envidia, el amor, si del lado malo o del bueno”. También como esta cosa de sacar lo binario, ¿no? Empezamos a decir: todo es parte de todo, este vínculo existe con este monstruo. Y las chicas (Azul y Violeta) son ese truco de magia, de aire. Me parece la manera que encontramos de no ser literales con lo que nos pasa como sociedad. También podría terminar todo en ese bosque de una manera triste y hay un montón de esas historias. Pero ellas son la evolución, por eso son tan pequeñas, porque también es lindo que se vea esa frescura. La sociedad evolucionó a ese lugar donde entendimos qué peso hay que darle a lo otro, dónde hay que ponerlo y también creo que logramos ponerlo no desde un lugar ingenuo en el sentido de “ bueno ahora como estamos deconstruidas no pasa nada, hacemos como que podemos vincularnos a pesar de esto” Al contrario, decimos: “no, me duele, la estoy pasando como el orto, no te quiero ver más, no te hablo por 10 años” y después a lo mejor la vida no da la posibilidad de reencontrarnos. Y, por eso, ellas son esa evolución hermosa y que ya solo con ponerlas arriba del escenario con esa juventud, te das cuenta que representan otro momento de la historia.
— ¿Creés que se está terminando con la dualidad “ángel o demonio” para definirnos?
— Si, a mí esto me apasiona de este material, por eso creo que hace cuatro años no la podíamos hacer, nos llegó en un momento en el que, como actrices, como personas, evolucionamos a entender los vínculos de toda esta complejidad.
— ¿Sentís el peso de ser una referente en tema de deconstrucción? Tener que saber más, leer más, instruirse más que otras actrices…
— Sí. En esta obra no me pasa porque trabajo con amigos a los que admiro mucho y con los que tenemos mucho espacio de debate, entonces se me hace fácil porque no tengo que dar explicaciones. En otros espacios, donde me conocen menos, hay todo un lugar como de incomodidad simpático ¿no? (risas) que yo voy como tratando de desarticular. Me plantean “esto no lo digas si no querés” y yo digo “no, pará, se puede decir, porque a lo mejor esta parte de la sociedad sigue existiendo”, porque yo, ante todo, soy actriz. Es lo que me pasa también en esta obra: es un personaje que se quedó años atrás, pero esa gente también existe, y como actriz quiero interpretarlo.
A veces sí siento que tengo que saber más y también, por supuesto, hay algo de responsabilidad que puede cansar, pero después también me apasiona; tanto la causa como mi profesión, entonces cuando se fusionan lo disfruto mucho.
Pero también, por suerte, me permito no saber, estar en el proceso. Se espera más de mí, pero está bien, en algún momento de mi vida me costaba más el “no sé”, de más chica, terminé la secundaria con 9,33 ponele, tengo una carga de que tengo que saber todo. (risas)
—¿En qué te representa Nahuelito?
—Éste es un material que habla mucho de mí como artista, como persona, esta cosa de decir “dale, salgo y me busco el monstruo”. Yo aprendí mucho enfrentando al monstruo. Por supuesto lo digo y, automáticamente, a todo el mundo se le va el imaginario a un lugar, pero mi vida es más que ese paréntesis ¿no? Hay mucho más y en toda mi vida hay otros monstruos, no es que es uno solo: están los propios, los más chiquitos, los más grandes, los amigos, la propia profesión…
— Otra forma de matar al monstruo es escribiendo y, más allá del libro, estás mostrando unas bitácoras en Instagram. ¿Se viene un libro menos autobiográfico y más vinculado a este material?
— Sí, es que toda mi vida escribí como en esas bitácoras. “El arte de no callar” surge de una necesidad, un lugar donde organizar mi historia que había sido revuelta por la humanidad. Dije: “bueno me la voy a apropiar otra vez y la voy a contar desde donde yo la veo”. No podía escribirla desde ese lugar más poético por el público, quería que fuera una herramienta, entonces el firulete de mi manera de escribir no encajaba.
Siempre escribí, pero nunca imaginé que mi primer libro iba a ser éste. Nunca en la vida se me cruzó. Sí me imaginé siempre escribiendo. Este libro fue una herramienta más de compromiso social; el próximo no va a tener la pretensión de ser útil.
Nahuelito presenta su última función este sábado 07 de diciembre en El Método Kairós (El Salvador 4530) a las 21:00 hs y se repone en marzo del próximo año.
