“Leer debería ser democrático”

Esta es la primera entrevista que hago para Agenda Feminista. Estoy nerviosa y quizá se deba a que la elección fue mía. Elegí a Brenda Zlotolow porque la sigo desde hace tiempo en Instagram y me hace sonreír la gran simpatía y energía que derrocha. Tiene los pies en la tierra respecto de lo que importa, eso seguro. Más que apabullarla a preguntas, quiero conocerla.Y eso hice.

Voy a ser la persona más evidente del mundo, pero contame, ¿cómo arrancó esta cuenta de Instagram?

(se ríe) Arrancó de casualidad hace cuatro años. Siempre fui muy lectora al igual que el resto de mi familia. Había terminado de leer Cien años de soledad y estaba muy obsesionada, verborrágica, con ganas de contarle a todo el mundo. Me quedé sin interlocutores y mamá, agotada, me sugirió arrancar una página donde contar mis opiniones. Al principio no le di bola, pero después lo pensé mejor. Así que me hice una página web y subí una reseña del libro y se fueron acumulando, hasta que un día decidí crear la cuenta de Instagram, sin idea de crear contenido ni ser influencer. Leer y reseñar era mi descanso del estudio. Mi primer objetivo fue la Feria del Libro (spoiler alert: llegó). Siempre escribí mucho. Entonces abrí la cuenta, incluí más cosas, nuevos proyectos. Y ahí creció un montón.

Hablando de estos nuevos proyectos, me interesaron los clubes de lectura que arrancaste.

Siempre tuve la idea, así que el año pasado elegí un libro y lo hice. Estaba muy insegura. Tenía miedo de que nadie me siguiese. Pero lo hice. Había tenido muy buena repercusión en la Feria del Libro y eso me impulsó. Cuando lancé el taller se agotó el mismo día, así que lancé otro y ocurrió lo mismo.

¿Y qué tipo de personas encontrás en los workshops?

Muchísima diversidad, algo que me gusta mucho, pero la mayor parte son mujeres de entre 20 y 60 años. Vienen muy dispuestas a compartir. Me dicen que es algo que quieren regalarse todos los meses y eso me hace muy feliz, es lo más gratificante.

¿Por qué creés que son tantas mujeres?

Creo que a los hombres todavía les da vergüenza decir que son lectores, como si asociasen el concepto de lectura a algo más frágil. Los encuentro susceptibles al espacio que conforma la lectura. Y la literatura es para todos, además… siempre fue espacio masculino. Hoy en día leo muchas más mujeres, pero si, en esas lecturas, veo que se repiten paradigmas o relaciones que no me gustan, tratos con los que no estoy de acuerdo, lo señalo. Hace años no lo hubiese notado. Es importante romper con eso.

Algo que noté es que últimamente estás más metida en la poesía últimamente.

Sí. Comencé a leer poesía contemporánea y tuve una conexión que no existía con la más canónica. Lo que más me gusta es haberlo incluido en mi cuenta y que otros lo descubran. Me encontré con una lectura más empoderante, que choca. Me enamoré. Ahí está la influencia real, la que importa: enseñar que el camino del lector vira.

¿Y cuál fue el primer libro de poesía que generó esto?

La soledad de un cuerpo acostumbrado a la herida, de Elvira Sastre. Me conquistó su prosa, me parece increíble esa forma de narrar tan libre, menos tratada en apariencia. España tiene un auge muy fuerte hoy en día con la poesía. Para mí, la poesía es un espacio de refugio, de comprensión. Me pasa algo muy especial. Es otra cosa, otra sensibilidad.

¿Querés contarme un poco qué te pasa con España?

Acá hay muchos autores increíbles. Pero allá las editoriales grandes aprecian la poesía y la publican. Acá siento que todavía son muy reacias. Y hay un talento enorme. Abrís catálogos de editoriales muy conocidas y no están. Y deberían. Lo merecen. Acá la variedad en ellas es poca, pero eso es lo que yo siento. Por eso me metí más en editoriales independientes. La poesía es un género del ahora y del futuro.

Hablando de editoriales grandes y de esta actitud reacia a la que te referís, ¿a qué creés que se debe esa escisión?

Quizás a la necesidad de venta, lo cual es lógico. Puede que en ocasiones se pierda un espacio que conquistan otras editoriales. Entrás a cualquier librería y están ahí. Esta el oficio y lo más personal que siempre gana. También hay otros espacios fuera de lo editorial, como las redes sociales, que son usados para mostrar lo que se escribe. Ya no hay tanta dependencia.

¿Cómo hacés con el tema precios a la hora de recomendar libros que sí pertenecen a las grandes editoriales?

Los precios son una locura. Me di cuenta de que estaba mostrando libros inalcanzables, de más de mil pesos. Tengo la suerte de recibir muchos y, cuando me di cuenta de lo que estaba haciendo, tomé conciencia. No quería mostrar una vida perfecta, una irrealidad. Empecé a ir a ferias de libros y lo subía a las historias. Nadie tendría que alejarse de la lectura por esto. Leer debería ser democrático.

¿Y qué pensás de la elección de las editoriales hegemónicas a la hora de hacer publicaciones acerca de ciertos movimientos ideológicos?

Las voces disidentes siempre encontraron lugar en las editoriales independientes y en las grandes también están empezando a encontrar un lugar. En este último tiempo estoy muy contenta de haber encontrado estas otras editoriales y diversificar más mis lecturas. Las elijo mucho para mi club de lectura. Tienen mucha profundidad, potencial, van a la realidad.

¿Sentís que se transformó tu forma de pensar a través de la lectura durante estos años?

Hubo toda una deconstrucción, sí. Un ojo que se afilaba. Me dejaron de gustar ciertas palabras, ciertos roles.

¿Cómo creés que estás desarmando ese simbolismo y cómo lo transmitís a tus seguidores?

Es un trabajo diario. La deconstrucción nos atraviesa y hay momentos en que la acompañamos y momentos en que la reproducimos. Hace poco leí La lengua en disputa, de Beatriz Sarlo. Lo compartí en Instagram y empezaron a lloverme preguntas acerca de qué era lo que pensaba del lenguaje inclusivo; lo que respondo es que me gusta que el proceso sea natural, suave. Elijo lecturas que acompañen al progreso, pero directas. Quiero ser fiel a mí misma.

Entonces, ¿deconstruirnos es avanzar?

Sí, está bueno dejar de dar las cosas por sentado. Me parece genial que se pueda cambiar. Cambiar es obligatorio. Hay que revisarse, resignificarse. La lengua tiene que seguir a la realidad, tiene que responder a la calle. Ya está pasando. Y no va a dejar de suceder.

¿Cómo te afecta a vos esto en tu carrera como abogada?

Me vi mucho más rupturista. Me enojé con los procesos, con la burocracia. Me alejé de la profesión. Podría ser hermoso, pero no lo es. Leer me hizo cuestionar todo. Yo era la alumna perfecta, no dudaba, pero ahora elijo discutir. Tengo charlas muy acaloradas.

Recibiste tu diploma hace unos días y ya estás atacando a tu licenciatura (nos reímos). ¿Qué perspectiva querrías darle al derecho?

Soy muy justiciera. Me enojo mucho en el estudio. Hay que valorizar más el diálogo. El país tendría que dar más oportunidades al igual que las empresas. Todo tendría que ser más humano. Y yo no puedo ser fría como otros. Si no estoy de acuerdo con el cliente, no puedo atenderlo. Hay cosas que no voy a defender jamás.

Brenda estará en La casa del árbol el 14 de marzo para su próximo club de lectura, donde, reivindicando el 8M, pondrá en debate el libro de Dolores Reyes: Cometierra. Además, está en proceso de escribir su primer poemario.

Pueden encontrarla en su cuenta de Instagram @queleoar.

Por Ana Clara Chanvillard
Fotos: Van Arce