Como cada día, para no perder la costumbre, llego distraída a la oficina; sin embargo, éste es diferente: la sensación de ligereza que dejó el agua del mar adormece mis movimientos y no me permite más que sacar el libro Como el agua que fluye del bolso. No hay nadie alrededor. Puedo repasar lo subrayado en silencio. Mi abuela solía decirme que, algún día, Marguerite Yourcenar me engatusaría. Yo tenía quince años y podía leer sin problemas a varios filósofos, pero con esta señora belga nacida el 8 de junio de 1903 – gran geminiana – algo se me escapaba: al principio de sus relatos se establece el contexto, pero conforme las páginas van adentrándose en sus universos detallados y ricos un conocimiento o, mejor dicho, una sabiduría va asentándose sigilosa, como una serpiente al enterrarse en la arena. Y no es de extrañar, aclaro. Hablamos de una mujer que rompió con todos los estereotipos: en una época en que la academia era severamente ortodoxa respecto de la inserción de las mujeres en el mundo de las letras, supo, tanto en 1970 como 1980, hacerse un lugar en la Academia Belga y entre Les Immortels, la Academia Francesa. Hablamos de una mujer que aprendió latín y griego entre los diez y los doce años gracias al aliento de su padre, un aristócrata francés que fomentó su interés por la palabra y la hizo navegar por las culturas antiguas en el castillo familiar, rodeada de libros. Es allí donde aprendería a amarlos y es por ello que encontramos rasgos de mitología griega y latina en su escritura.
Asimismo, respecto de temáticas a encontrar en su obra, trató el borramiento de los límites socioculturales respecto de a quién debemos y no amar, los tabúes, la búsqueda de identidad, la sexualidad y, también – y muy marcado -, lo oculto, lo oscuro, la muerte. Todo en un tono clásico que combina sobriedad con poesía, donde nada falta y nada sobra. A los veintiséis años dictó Literatura Comparada en New York y ese mismo año publicó Alexis o el tratado del inútil combate, su primera novela, la cual es considerada, desde 1929, una obra mayor y que alberga como tema central algo que casi nadie se atrevía a tratar: la homosexualidad. Ella aborrecía esa palabra llena de prejuicio. Afirmaba repeler instituciones ideológicas y creía fervientemente que el feminismo no debía aceptar que la mujer se preste como objeto a sabiendas de lo que está representando simbólicamente.
Marguerite fue una mujer que amó a otra incondicionalmente, amó a Grace Frick y la acompañó hasta el día de su muerte. Ambas compartían un gran amor por la traducción. Marguerite tradujo majestuosamente a Virginia Woolf, Henry James y Yukio Mishima. Sin embargo, su obra cumbre fue Memorias de Adriano, traducida al inglés por su pareja. Publicada en 1951, la crítica la recibió con los brazos abiertos: en ella, una primera persona fluye y nos atrae, como niñes a un caramelo, a la efervescente y vívida existencia del emperador romano en forma epistolar, dirigida a su sucesor y cuyo contenido nos hace recorrer su filosofía de vida, sus amores, percepción y crisis existenciales. Parece ser que Julio Cortázar no pudo resistirse y tuvo que traducirla al castellano. Pero nosotres le entendemos el entusiasmo. Otra de sus grandes obras es Opus Nigrum, comenzada en 1921, pero publicada en 1968. Impresionante obra. Además de todo esto – y como si fuera poco -, Marguerite fue poeta, dramaturga, ensayista, historiadora – era de esperar – y crítica literaria. La escritora murió a los 84 años en Northeast Harbor, una pequeña aldea estadounidense rodeada por el agua del Atlántico Norte.
Por Ana Clara Chanvillard
Arte: Van Arce
