¿Un touch de esquizofenia? Quizás. ¿Un poco de demencia, sueños que se alejan, años que pasan desapercibidos, querer volver, complicidad fraternal? Seguro. En Olga, Masha, Irina, (Variaciones sobre Chéjov), la esperanza y el olvido están tan empecinados en alejarse que se rozan. Todo es una paradoja, un más allá.
Siempre creí que hay algo del entendimiento que se quiebra, que deja de existir a la hora de querer analizar aquello que nos conmueve. Existe un punto medio – aunque no sé si medio sea la palabra correcta – entre lo que sentimos y lo aprehendido, esa subjetividad de lo que nos llega y creemos poseer; se crea un nuevo espacio para nosotres en el que, a pesar de sentirnos interpelades, a pesar de sentir cómo las lágrimas nos inundan los ojos, no entendemos lo que acaba de pasar. Al igual que en la naturaleza, en la obra chejoviana no hay objetivos per se, pero nos chocamos con algo sublime, que nos detiene en el tiempo. Y no creo que muches puedan discrepar con mi definición a la hora de hablar de la adaptación que conforma la obra de Alejandro Giles.
Hay tres aspectos que sobresalen y que, desde mi punto de vista – uno ignorante, de teatro sé poco -, son los más importantes, los básicos, diría: guión, elenco y dirección. El primero es elegante, exquisito. Qué decirles, si es de José Sanchis Sinesterra. Bulletproof. Sin embargo, me centraré en los últimos dos porque el primero ya se revisó lo suficiente; son sus adaptaciones y elenco que lo hacen diferente. Las tres hermanas, Irina (Ana María Castel), Masha (Livia Fernan) y Olga (Emma Ribera) están llenas de preguntas metafísicas y ontológicas; deambulan envueltas en un triángulo temporal de pasado, futuro e ilusión. Cuando un regimiento se establece en la zona, Masha e Irina ven sus esperanzas amorosas reavivadas, al contrario que su hermana Olga que ya está casada, y las repeticiones, tanto en cuestiones de enunciado como en acciones, comienzan a aparecer. Repetir Moscú para que Moscú ocurra de nuevo. Repetir otra vez para que ese último beso ocurra de nuevo. Así es como se gana la pulseada al sentido.
Quisiera decir con certeza que si la obra estuviese interpretada por actrices jóvenes, no sería claro ese peso de lo ridículo que puede ser estar esperando toda una vida a que un hecho acontezca, pero tendría que presenciar otra obra. Y no quiero. Ahí es donde reside el gesto delicado y voraz de Alejandro Giles: en esa renovación de la acción indirecta, en lo no dicho más que en lo dicho, pero, sobre todo, en hacer de un clásico una obra que tenga sentido para cualquier generación. Y nos deja claro que no importa en qué siglo nos encontremos: siempre seremos personajes de una obra del autor ruso.
Por Ana Clara Chanvillard
Arte: Van Arce
