Con otra propuesta minuciosa, atenta y honesta, Pablo Giorgelli (Las acacias, 2011) volvió en 2018 con Invisible. El guión, armado en colaboración con María Laura Gargarella, construye un drama íntimo desde la perspectiva de una adolescente de clase media-baja. Este film sigue la vida de Ely, una chica de 17 años que va al colegio por la mañana, trabaja en una veterinaria por la tarde, vive con su madre, que sufre de depresión crónica. Y acaba de enterarse de que está embarazada.
La cámara sigue a Ely. Nos enfrentamos con su realidad de cerca, un seguimiento hostigante que, por momentos, se detiene, le da espacio y la observa desde los rincones. La descubrimos en los lugares más privados, pero también accedemos a esa mirada ajena de una persona que pudiera verla cruzar la calle, subir una escalera, comprar en un supermercado. El trabajo de cámara construye una sensación de intimidad, de cercanía con el personaje, que nos encierra en su mundo, y nos ahoga. Es en este espacio donde Mora Arellinas, la actriz que interpreta a Ely, sostiene la tensión de la mirada que la cámara impone, con una comodidad que incomoda, por su naturalidad, y su fragilidad subyacente.
Hablamos de una película muy cuidada en cuanto a su construcción. Hay un trabajo muy acertado con el fuera de campo: la televisión constante, sea noticiero o novela, construye una realidad de clase que identifica a una gran parte de la sociedad argentina, pero también actúa como compañía, quizás la que le falta tanto a la protagonista como a la madre. La dilatación de algunas escenas actúa como una boa constrictora: siente el pulso del espectador, te atrapa de manera lenta con su cuerpo y te aprieta hasta asfixiarte. Cada momento que se prolonga provoca pesadez y tensión en el pecho. La escena en que Ely espera al doctor en la clínica clandestina para que le realice el aborto parece no terminar, sentimos con ella esa presión que la termina llevando a escapar.
Además de estas tomas dilatadas, hay un ejercicio muy intenso con los sonidos cotidianos: masticar, abrir paquetes, el secador de pelo, las puertas. La sonoridad es realista, deja habitar el silencio, que cumple una función doble: por un lado, manifiesta la soledad de transitar una situación de la cual nadie quiere hablar y, por otro lado, hace hincapié en el silencio dialógico, es decir, importa mucho más, en la escena de la clínica, la respiración de Ely que cualquier cosa que hubiera dicho o cualquier llamada que hubiese decidido realizar. El silencio y los ruidos cotidianos arman esa falsa apatía, ese estado de shock general que caracteriza al film.
Las pocas relaciones que la vemos entablar se pactan con silencio. Su madre, depresiva y desempleada, no conecta ni parece interesarse por lo que ella hace. Su ausencia genera en Ely una forzada madurez a la cual nos acomodamos durante el film, pero que se rompe cuando se acuesta, hacia el final, en la cama de su madre y recordamos: solo tiene 17 años. El hombre con el que trabaja y la espera en el auto para tener relaciones, se mueve cerca de ella fuera de ese auto como si no existiera, salvo cuando aparece dispuesto a pagar su aborto. Ya lo dijo su amiga en el comienzo del film mientras buscaban en internet cómo conseguir pastillas para abortar: un hombre va a tener menos problema para conseguirlas.
Desde el comienzo, la protagonista dice que no piensa seguir con el embarazo. Ely repite, como si fuese un mantra, “No lo voy a tener” a la doctora que la atiende en el hospital, que le avisa que no puede ayudarla porque el aborto es ilegal en el país; ahí es donde comienza el juego de lo no dicho. A partir de entonces, se encuentra con varios momentos del estilo: cuando se encuentra con el farmacéutico, con quien apenas se saluda o cuando habla en la cafetería con la mujer de la clínica clandestina.
Nos encontramos con una denuncia no explícita que toma al silencio, a la soledad del personaje y a la ausencia del Estado como puntos de referencia. Se muestra la cruda realidad del poco acompañamiento ofrecido desde diferentes lugares hacia la protagonista. Toda la presión, de la que hablábamos anteriormente, interpela inevitablemente: ¿cómo sería si, en nuestro país, la sociedad pudiese hablar de temas considerados tabú? ¿Por qué todavía y, sabiendo que existe, se evita hasta mencionar la palabra? ¿Qué pasa con la potestad y la posibilidad de elección, cuando el moralismo cubre los derechos? ¿Por qué las mujeres deben exponerse a un mundo de crueldad, injusticia e incomprensión ante un embarazo no deseado?
Sin la necesidad de pronunciar, Invisible muestra la presión del silencio, uno que resuena ante la indiferencia de la sociedad.
Por Julieta Henrique y Clara Chanvillard
Arte:Van Arce
