La lógica del daño o lo humano del horror

Luz Vítolo es Licenciada en letras y estudió guión. Publicó en la revista “Orsai” y como guionista participó del programa “C.A.P.O.S”. Su reciente publicación “La lógica del daño” es un libro de cuentos que narran un realismo crudo. Los personajes que habitan las páginas son sobre todo impredecibles. Inesperados porque están quebrados emocionalmente.

Empezar a leer es asomarse a una ventana para espiar un pedazo de sus vidas. Nos asomamos al momento exacto en donde un suceso destruye la psiquis de una persona, o la conocemos cuando el desastre ya pasó y las aguas amainan. Los personajes están sumergidos en crisis, en dolor. Eso los define, los mueve. Pero en toda tragedia aparece lo vicioso. Desde que entramos a su mundo, no podemos despegar la vista de las oraciones, ni un segundo, porque el remolino que tenemos ante nosotres, nos llama; acaso nos hipnotiza. Nos encontramos siendo lectores morbosos. Similar a la sensación de ver un choque: una parte nuestra buscar seguir caminando aunque nuestros ojos quieren quedarse a escanear cada detalle del accidente. Siempre queremos más. Estamos sedientos y sedientas. 

Este libro no necesita el terror fantasmagórico de los clásicos cuentos de suspenso porque el horror humano lo penetra todo. Y a todes. No se salva nadie: chiques, adolescentes, adultez se ven envueltos en las situaciones más cotidianas. Encontrar que tu novia te mete los cuernos con tu jefe, una niña que sale a andar en bici cuando el barrio duerme, unas vacaciones en pareja y el primer accidente, ponerte una peluca rubia y de a poco pasar a ser otra, ir a un corso con una prima a la que no te bancás. Situaciones que podríamos vivir. Lo que se narra en estas historias es el punto exacto de inflexión. El suceso que desarrolla la catástrofe. Y si cuando nos asomamos la tragedia ya pasó, lo que vemos son los restos, lo que queda, que nunca es poco. Las consecuencias de las peores situaciones son un renacer o un caer más profundo; están guiadas por el impulso, por el frenesí inútil de unir los pedazos que están esparcidos por el piso. 

La voz que emerge, encarne el cuerpo de un niñe o de un adulte, está embebida de una frontalidad que nos deja recalculando. Es necesario releer más de una vez frases que por su crudeza y simpleza, en el mejor sentido de la palabra, nos sacude el interior. Una escritura que se pregunta por la inocencia y sus límites, por la muerte como lugar inexorable de transformación y que se interesa y detiene en la complejidad de dejar la piel de niñe para vestirse de adolescente.

Por Camila Miranda De Marzi
Arte: Van Arce