Las aventuras de la China Iron

Como quien dice: nazco,

duermo, río,

inventemos

la vida

nuevamente.

[Fundación, Susana Thenon]

La ofrenda, para quienes lean “Las aventuras de la China Iron”, será la sorpresa, la novedad de encontrar amor en donde antes habrían evocado únicamente miedo.

Después de todo, es eso lo que hemos aprendimos, lo que se nos ha enseñado a través de los siglos: a temer, a horrorizarnos ante la posibilidad de lo desconocido, de la intemperie del desierto, de la aventura. Visto así ¿Cómo no habríamos de identificarnos con la China, nosotres, exiliades de tanto y por tanto tiempo, en su arrojo al mundo que se le abre?

El universo que Gabriela Cabezón Cámara construye, nos invita a fundar un mundo nuevo. Un otro mundo de otros dioses, en donde los colores y las luces son las mismas que en el nuestro pero, lo que cambia, lo que se reinagura, es la forma de acercarnos a él, es decir, las posibilidades que nos son dadas de leerlo. No ya en blanco y negro. No ya macho o hembra, sino, todos los colores juntos, múltiples e indiferenciados de una vez. Un mundo en el que, repito y vuelvo a repetir, es posible ir al encuentro del amor sin temer acabar dañade, o muerte, en el salto a la aventura.

Amor animal, humano, desierto, laguna, río, perro, pampa, china, gaucho, indio, madre que a su vez resulta padre y hermanos. En definitiva, un amor en el que todes les históricamente tachades, reprimides, silenciades e invisibilizades cobran voz, y por lo tanto corporeidad, existencia.

Ante tanta riqueza, resulta fácil imaginar la posibilidad de conocer este universo a través de muchos, diversos e infinitos personajes. En este caso sin embargo, la que nos lleva de la mano por tanta tierra novedosa, no es nada más y nada menos que una mujer, una china. La china “del” Martín Fierro, gaucho histórico que en sus versos no le ha dado más de 6 líneas, aquí, cobra la entidad de La China Iron. Que lejos de volarse con no sé qué gavilán, se las toma con su perro en la carreta de una pelirroja inglesa, ni bien marchado el Fierro.

Y sí, ¿de qué otra forma iba a rebelarsele este mundo a la China Iron? Sino a través de Estreya, su perrito color y ojos amarillos de la noche, “vi la luz en el cachorro y supe que quería esa luz para mí vida”, y de Elizabeth, Eli, Liz, quien les sube a ambes a su carreta para contarles, en su very strange lengua, la tierra a la que se dirigen. Una lengua de la que la China se enamora y que absorbe (en más de un sentido), con su lengüita de niña huérfana y hambrienta de un seno del cual mamarse, y con toda, toda la inocencia de quien se enamora por primera vez, es decir: enamorándose de todo el mundo entero.

No hay aventura imposible en esta realidad nueva, no, ningún destino es impensable. La historia se multiplica en voces, en vidas relatadas por la boca de La China. Crece, como un poema, una enredadera de imágenes que, al menor descuido, te invade la maceta y finalmente, la casa entera. Sumergides en la lectura, llegamos inevitablemente al punto al que no entendemos cómo hemos llegado pero, ahí estamos, mojades nosotres también, abiertes de piernas a ese imperio verde que se nos regala.

En su transición por esa tierra que, de a momentos, nos acerca al litoral argentino, a su payé guaraní, vemos a la China crecer, transformarse de la orfandad a la tenencia de un nombre propio, Joshepine Estreya Iron, y de un amor, good boy, que, justo cuando creemos, va a matarla de celos (tal como nos mata el amor romántico del mundo que hemos aprendido), sorpresa: le explota de selva el cuerpo. Ay, ese Amor que lejos de limitarla, la inicia en todos los amores que son un solo amor: tierra, río, sol, laguna, bichos, mujer, vida.

Por Malena Vara Dadone
Arte: Van Arce