“El nervio óptico” es la primera novela de María Gainza, crítica de arte y escritora argentina. Aunque esta clasificación deja fuera las muchas otras cosas que también es el libro: un poco de ensayo, autobiografía, cuento, historia del arte. Está formado por once partes, que pueden leerse como narraciones autónomas o capítulos que articulan un todo.
Lo interesante dentro de esta congruencia de géneros reside en que, como dice Gainza: “una guerra siempre cuenta, como mínimo, dos historias”. Cada capítulo, aunque alejadas en tiempo y espacio, cuenta dos narraciones que se entretejen. De esta forma, un capítulo nos muestra a Courbet y su fascinante obsesión con el mar, al mismo tiempo que vemos a la narradora en su adolescencia recluida con amigues en una casa de Mar del plata; en otro, la historia del pintor Augusto Schiavoni se entrelaza con la narradora en una revelación: misteriosamente encuentra a su yo de once años en una de sus pinturas.
Así la incidencia de las cuestiones cotidianas, como ir a un museo, escapar de un avión o irse a vivir con la abuela, convergen en una narración por momentos oscura, triste, que relata la vida casi siempre trágica de artistas. Cada relato de la vida interior se acompaña con la historia de un pintor; en esa exterioridad de la pintura se exorciza algún aspecto de la escritora misma. Con una escritura galopante y dulce nos invita a adentrarnos en cada anécdota como si fuese propia.
No es relevante ser afín a la historia del arte, ni busca enseñarnos nombres y fechas, acá los artistas no aparecen como solíamos aprenderlos en el colegio: acá tienen vida. Una escritura distinta, profunda en lo simple, retrata una estampa sobre la decadencia de la vida burguesa, se ríe de ella y de sí misma.
“El nervio óptico” abarca mucho más que una sola narración, sino que construye desde una voz personal un espejo que refleja múltiples vidas, historias y personas que aunque no vivieron en el mismo siglo, se tejen con una naturalidad sorprendente.
Por Camila Miranda De Marzi
Arte: Van Arce
