Oscuridad porosa. Cuerpos opacos que se mueven en la penumbra. Una serenata desafinada. Risas tímidas. Se busca una bombilla para iluminar. Y al darle rosca, unos personajes desprolijos, de todas las edades, se acumulan en una habitación donde no se llegan a diferenciar las relaciones. Lazzaro (Adriano Tardiolo) se encuentra en el fondo, lejos de la bombilla que oscila colgada del techo. Y entre esas sombras, está feliz.
La tercera película de la italiana Alice Rohrwacher (Corpo celeste 2011- Las maravillas 2014) despliega un relato fantástico, con un anclaje referencial en el neorrealismo italiano, donde pasado y presente dialogan en una fuerte crítica a la explotación laboral y a las crueldades humanas que parecen atravesar el tiempo y el espacio. Rodada en Super 16mm, con una fotografía sensible y cruda a cargo de Hélène Louvart, Lazzaro Feliz nos mantiene en un hechizo atemporal, similar a estar escuchando la narración de una fábula en una noche fría, en el medio de un bosque.
Una comunidad campesina vive explotada por la marquesa Alfonsina De Luna, una mujer que los mantiene engañados y aislados del mundo, estancados en una época feudal, mientras disfruta de los lujos de una nobleza en decadencia. Entre ellos Lazzaro, un joven servicial e inocente, asiste a todo el que pida su ayuda, incluso al hijo de la marquesa. Cuando el engaño cae, y estos campesinos son expuestos a la realidad, esta los recibe como lo que siempre fueron: marginados.
Del campo a los bordes de la ciudad, de las horas bajo el sol a los robos y engaños callejeros, Lazzaro Feliz muestra cómo la opresión y la desigualdad pueden tener muchas formas, pero no dejan de significar lo mismo. Un mal que se entreteje en la historia y parece ineludible. Pero Lazzaro, este personaje casi mítico, con una mirada dulce y un desapego por la maldad, ilumina a los personajes, descubriéndolos tanto en sus virtudes como en sus vicios. La bondad de Lazzaro reluce como si fuera un metal precioso, todavía incomprensible y extraño para la época, sin importar cuál sea. Un santo con todas esas características que se desgastaron en el uso de la palabra: humildad, bondad, paciencia, servicio, compasión, sin segundas intenciones. Percibido como peligroso, porque es raro, porque es ese otro lado de la humanidad que no estamos acostumbrados a encontrar. La inocencia de este personaje, interpretado con frescura en el debut actoral de Tardiolo, es milagrosa en un mundo donde la belleza de la compasión ha sido olvidada.
Por Julieta Henrique
Arte: Van Arce
