El país del diablo

Chorrea sangre. Se desliza caliente por nuestros antebrazos desde la primera página y nos presenta un mundo polarizado y premonitorio. Estamos en La Patagonia, mitad del SXIX. Un grupo de soldados asalta una toldería y mata, incendia, arrasa; esto que parece el fin, es solo el principio. Hay dos rituales transversales en El país del diablo (2015), de la fantástica Perla Suez, escritora, ensayista, novelista y traductora argentina: el de la creación, que pertenece a la naturaleza, al plano espiritual y al respeto por la vida, y el de la destrucción, que pertenece a la patria,  al plano material y a la muerte.

Los saltos polifónicos ocupan toda la narración y se nos presentan (lamentablemente) pactados y unidos por el mismo accionar: la violencia y la venganza -aunque sea más que obvio que hay un grupo que se mueve hacia este lugar porque el otro lo empuja-. La narración atraviesa a les personajes de manera intermitente y roba sus pensamientos desde una primera, una segunda e inclusive una tercera persona, que recopila información de manera un tanto más “objetiva”, mientras la trama avanza y el desierto devora. En términos de movimiento de lectura, la novela cabalga y, en más de una ocasión, una línea nos hace transitar varias horas.

Esta historia deja en claro varias cosas: primero, que un minuto podés estar riendo y jugando cartas y al otro ser comida de cuervos; segundo, que hay diferentes maneras de relacionarnos con nuestras especies hermanas: podés carnear a una yegua y cocinarla o chistarle, que venga y se deje acariciar y montar sin más peticiones; y tercero, que podemos escuchar o no a la naturaleza y sus elementos -el indio recomienda alejarse de ciertos lugares y el soldado las rechaza- en lugar de ser escépticos respecto de otras sensibilidades. Es pertinente añadir, en un movimiento para nada recatado y que busca que lean esta historia, que, mientras que un bando se mueve en ruido, el otro lo hace en silencio.

Se hace alusión, además, a la organización social binaria que el occidentalismo quiere imponer -y ha sabido imponer- desde sus inicios: el verticalismo jerárquico del silencio que representa a los colonizadores versus la horizontalidad que predomina en el mundo mapuche, que también deja ver un partido entre patriarcado versus matriarcado respectivamente. Desde el primero, desde les colonizadores, se da una mala comprensión de lo que los (mal) denominados “indios” hacen con la tierra. Al no estar sumergides en lo conceptual del capitalismo que aflora los ya conocidos sentimientos de propiedad, rentabilidad y ambición desmedida, no ven a la tierra como objeto de mercancía, sino como compañía y abrigo espiritual. Cuando un soldado mata un cuervo como si nada, Lum, la machi joven, siente cómo el dolor se apodera de ella, y lo piensa torcido, incompleto y apartado de su humanidad. Un alma ruin. “Lum recibe el agua en su cuerpo y al sumergirse nada. Debe hacer lo que se ha propuesto, liberarse de eso que le oprime la mente. Se mantiene a flote sujetándose de unas raíces y el abrigo uterino de la laguna termina por serenarla.” (pág 67). En ella hay un sentimiento de abrigo desde la naturaleza, de útero, y la aprecia tal y como está y la deja fluir, mientras que la civilización la quiere alambrada, medida y racionalizada.

Entonces, ¿dónde está la civilización y dónde la barbarie? ¿A qué lugar las vamos a adjudicar? ¿Cuál es la naturaleza, la verdadera condición humana que queremos que nos represente? ¿Somos les que miden y auscultan los terrenos o somos quienes disparan a una animal que está agonizando para que tenga una muerte digna? ¿Silenciamos o escuchamos a la tierra? ¿Por qué matamos a nuestra propia especie? ¿Solo para tener más? ¿Más qué?

El país del diablo vuelve, estratega, al debate que impregna desde hace siglos a nuestra nación. Y creo hoy más que nunca, después de esta lectura tan cruda y masticable, que lo teratológico se encuentra en ambos bandos si estos se miran enfrentados.

Por Ana Clara Chanvillard
Arte: Van Arce