Luces de colores. Un escenario escolar. Una adolescente con una guitarra. Glitter en los párpados. Comienza a cantar: “he makes me do things I don’t want to do, he makes me say things I don’t want to say and even though I want to break away I can’t stop doing things for him.”. Un “puta” se escucha desde el público. Silencio. Poco sorprendida, continúa: “he’s got the power, the power of love over me.”. Él tiene el poder. Él siempre tiene el poder.
En el universo construido por Eliza Hittman, Autumn (Sidney Flanigan), una chica de 17 años descubre que está embarazada. Como en su pueblo no tiene posibilidades de abortar -y ni las pastillas ni los golpes en la panza funcionaron- decide viajar hasta Nueva York con su prima Skylar (Talia Ryder); el micro, el subte, las estaciones agitadas, las miles de escaleras, el bullicio constante, el atropello de la gente y la incertidumbre de dos mujeres con los bolsillos vacíos en el umbral de la ciudad. Los colores iniciales de la inocencia desaparecen y se reemplazan por una frialdad otoñal. La opresión de este cambio de ambiental late a cada paso, a cada minuto.
Una amenaza acecha desde lo no dicho hasta lo grotesco, desde el insulto que sobrevuela por una habitación llena de gente hasta el tipo que se masturba al verlas en un vagón vacío del subte: es esa masculinidad hostil y dominante, que se adueña tanto del pueblo como de la ciudad. El nuevo escenario de Autumn es la espera, no dulce, sino amarga, de una libertad demasiado obstaculizada. Los primeros planos obsesivos sobre ambos rostros, sobre sus manos, la forma de atarse los cordones o de desatárselos; así como la encierra la cámara, la encierra el paso del tiempo. La coreografía reincidente de quitarse la ropa, de otras manos sobre el cuerpo de Autumn, el gel esparcido sobre el vientre y los never, rarely, sometimes, always como únicas respuestas a preguntas acartonadas.
“No estoy lista para ser madre” es la respuesta de Autumn a la pregunta.
Es en ese hiato de vida, con una valija a cuestas, las dos protagonistas deambulan de una clínica a otra a medida que el proceso se alarga, los recursos se agotan y las ojeras se acentúan. En el transcurso de los noventa minutos que dura la película, se nos presenta un desfile de violencia machista con todos sus matices, al que las protagonistas no pueden evitar asistir y sonreír hasta encontrarse de nuevo con su soledad, el único refugio aparente. El silencio evidencia los acuerdos implícitos entre estas primas por dolores compartidos y abusos sufridos en la cotidianeidad. El camino de Autumn y Skylar no construye un horizonte esperanzador ni combativo, sino que muestra una realidad desoladora, donde las soluciones están alejadas. Las palabras sobran y el fin es claro: por una vez, Autumn quiere tener el poder.
Por Julieta Henrique y Clara Chanvillard
Arte: Van Arce
