No se necesita
gran cosa y ya está ahí, imponente,
la fogata que somos cuando nos desatamos
las que hemos venido
con las patas apretadas por la soga.
“Las Noches de Cabiria”, El cuerpo, Claudia Masin
A menudo, jugamos a hacernos una pregunta, si un superpoder nos fuera concedido: ¿cuál eligiríamos? En ese ejercicio, imaginamos la capacidad de viajar en el tiempo y el espacio, ser otra persona, fuego, ritmo o animal. Mutar.
Encontrarnos con la poesía de Masin es obtener la fortuna de experimentar tales poderes. Y es que su escritura no solo los encarna sino que, generosa, nos los convida, llevándonos a lugares impensados, lugares recónditos a los que rara vez la palabra accede. Es el cuerpo, y no la razón, el que transita su lectura. El que la atraviesa a precio de ser atravesado por ella, en el mismo movimiento.
Una vez más, su último libro, alcanza este milagro. No el milagro santo, sacralizado por las religiones, sino, tal como su primer poema refiere: “el verdadero milagro, que es tener un cuerpo capaz de sentir lo mismo que el cuerpo de las santas pero no ante un dios sino ante el simple contacto de otras manos”.
Allí, cada poema deriva de un film. Memorables películas como La Vida de Adele, o Llamame por tu nombre, se vuelven la puerta a experimentar otros deseos, vivir otras vidas, diversas historias que finalmente, confluyen en la misma: aquella que de generación en generación nos contamos en la lucha quienes resistimos a la opresión, quienes insistimos, a pesar de todo, a seguir amando.
De esta manera, con una capacidad sorprendentemente sensible de hilar como tejido vivo todo aquello de lo que somos capaces de pasar en el amor: la esperanza, el deseo, la furia, el terror, y la insistencia del amor por sobre todo el dolor de su trama, El Cuerpo, nos ofrenda su aliento:
No te vayas, no te canses
de pelear, un ejército de dos aunque parezca
modesto, inofensivo, puede hacer temblar
la tierra. (…)
Si vamos a quemarnos al menos
elijamos el fuego, encendámoslo nosotras
con las manos llagadas que tenemos y que la llaga
duela si tiene que doler, pero que sea
en nuestros términos, locas,
raras, mujeres que olvidaron
contra toda evidencia
cómo deben morir las mujeres:
dejándose matar
y agradeciéndolo.
(Fragmento del poema “Bye Bye Blondie”, basado en una película de Virgine Despentes.)
Por: Malena Vara Dadone
Arte: Van Arce (sobre ilustración de Iván Jerónimo)
