Mãe d’água, rainha das ondas, sereia do mar
Dos de Febrero. Apenas dejamos las valijas en el hotel pregunto si hay alguna ceremonia cerca. Estamos llegando al mediodía y sé que tengo tiempo de sumarme a alguna. El hombre que nos pasó a buscar por el aeropuerto nos ofrece llevarnos a Rio Vermelho, donde se realiza la ceremonia más grande de Brasil en honor a Iemanjá.
Tengo apenas unas horas de descanso entre el avión y la ansiedad por el viaje. Hace cuarenta grados y se esperan miles de personas en la playa. Sé que mi cuerpo no está en condiciones de soportar el barullo social, pero mi curiosidad es más fuerte.
El taxi nos deja en la calle donde comienza a cerrarse el paso y la gente transita con flores en las manos, velas, imágenes de la diosa y perfumes. Familias enteras vestidas de blanco, cuerpos libres moviéndose entre los tambores y los cantos.
El calor sofoca, pero lo bajan con cerveza y un poco de danza. Yo siento que voy a desmayarme. Estoy a punto de entrar en pánico entre tanta gente respirando el poco aire que el sol nos deja, pero sigo caminando hasta esa orilla en la que tengo que dejar las ofrendas. En el camino siento que todo lo que hago es falso, que no merezco estar ahí y que por eso mi cuerpo no lo resiste. ¿Qué sé yo de Iemanjá? ¿Qué me impulsa a padecer mi turismo espiritual en busca de una verdad absoluta que no se encuentra nunca en ninguna parte?
Iemanjá es una diosa orishá protectora del mar, de la familia y de la fertilidad en religiones como el candomblé. También se le dice la Virgen Negra comparándola con la virgen María de la religión católica.
La presencia del candomblé data de la época colonial de Salvador de Bahía, que se convirtió en la principal receptora de población africana.
Así llegó el culto a los orishas, o la religión umbanda, derivada de otras corrientes, y con ellas sus deidades y sus veneraciones. Ahora, a pesar del dominio cristiano que todavía perdura, los herederos de aquella cultura siguen dando forma a Salvador de Bahía como el triunfo de la población afroamericana en Brasil.
La ceremonia en Praia de Río Vermelho empieza siempre antes del amanecer y la multitud que asiste va vestida de blanco o de azul, que es el color del mar y del vestido de la diosa.
Mientras me voy acercando a la orilla sagrada pienso que honrar el mar es sensato. Que al igual que la celebración de la Pachamama, sin importar las creencias, agradecer el cuerpo enorme que sostiene a la masa humana es un signo noble y salubre.
Intento acercarme más y siento vergüenza. Me estoy apropiando de una cultura y se me nota. No tengo idea de qué se supone que deba hacer. Veo a mi alrededor: la gente se mete en el agua y suelta sus flores y sus perfumes. También tiran frutas y bijouterie, o barquitos con pedidos, mientras cantan o dicen sus oraciones en voz baja.
Yo puedo hacer eso, pero me siento falsa.
Sobre la arena un grupo de mujeres baila y canta al ritmo de los tambores. Algunas tienen un amuleto colgado en sus espaldas, es un puño negro que se cuelga invertido. Estoy en presencia de un ritual que tiene siglos de antigüedad y que está marcado por la intensidad de un pueblo que siente el ritmo de la tierra y lo deja aflorar en su cuerpo. Los cuerpos de Bahía son esculturas al goce: no importa su forma, importa lo que dicen.
Me sumerjo en el agua y suelto mis flores. Pido que el mar se lleve mi miedo, mi vergüenza. Ni siquiera puedo decir que “Iemanjá” lo haga porque sería algo así como pedirle un milagro a alguien que acabás de conocer. No me siento digna.
Después de unas sesiones de fotos me voy alejando del lugar. En el camino soy interceptada por unos músicos que se ponen delante de mí bloqueándome el paso. Tengo pánico, mi pareja sonreía, medio extático, medio alerta. Cuando el círculo de tambores me rodea, mi cuerpo comienza a moverse solo. La música se convierte en un exorcismo natural a mi tan afianzada vergüenza. Siento que la ciudad me está marcando el ritmo de la mirada, que me da la mano para sumergirme en las aguas de la historia de lo sagrado.
Horas más tarde, ya anocheciendo siento la necesidad de armar mi propio ritual. Voy a playa frente al hotel. Está desierta. Llevo frutas y las flores que me sobraron de la mañana. En el camino recibo un mensaje de mi prima, que estaba con un embarazo avanzado: había visto mis historias y me pidió que ofrendara por ella.
Su pedido me da impulso. Apenas toco el agua me dejo llevar por el mito, pido permiso, me muevo al compás de su pulso y recién ahí puedo nombrarla: “Iemanjá llévate mis prejuicios, Iemanjá llevate mis miedos”.
Suelto los pétalos de una de las rosas y los veo bailando entre la espuma.
“Iemanjá cuida a mi prima, ayudala en su parto”. Y esparzo otra rosa entera mientras el atardecer cae en mi espalda.
Al día siguiente nació Astor. Y hoy escribo este texto sin la mochila del prejuicio en la espalda.
El dicho propone “creer o reventar”, yo propondría “creer y esperar”. Después de todo el mar (o la diosa) siempre nos trae algo de vuelta.
Por Lala Sosa.
Ilustración: Van Arce
PONTO CANTADO DE IEMANJÁ
Mãe d’água, rainha das ondas, sereia do mar,
Mãe d’água, seu canto é bonito cuando tem luar,
O Iemanjá, rainha das ondas, sereia do mar,
Rainha das ondas, sereia do mar,
É tão bonito o canto de Iemanjá,
Que até faz o pescador sonhar.
Quem escuta a Mãe d’água cantar,
Vai com ela para o fundo do mar.
