Todxs contra Tincho V

En la entrega anterior me concentré en los límites de las políticas de reconocimiento que nuestras imaginaciones políticas han promovido en los últimos años, como el Matrimonio Igualitario y la ley de Identidad de género. Esto no quiere decir que no las apoye ni que esté en desacuerdo con ellas. Pero me parece fundamental colocar sobre la mesa que, ante la miseria diaria a la que nuestras existencias son empujadas, es insuficiente disputar solamente reconocimiento sin pensar en políticas de redistribución.

No podemos seguir ignorando que el “capitalismo” sea el gran ausente de numerosas discusiones políticas que se saben “disidentes”. Si nos servimos del supuesto de que el capital es la forma social que configura lo visible y lo enunciable en nuestra época a partir de su solidaridad estructural con el patriarcado y el colonialismo, es necesario dar cuenta que una posición anti-patriarcal necesita marcar una posición con otras formas de violencia históricas.  Lo mismo con perspectivas anti-racistas. Sólo de esta forma es posible no perder de vista la solidaridad estructural que las formas de dominación encierran entre sí. La época parece lista para poner sobre la mesa discursos anti-racistas y anti-patriarcales. ¿Podemos rastrear el modo en que el capital promueve ambas estructuras, para que de este modo deje de ser el gran ausente de nuestros discursos políticos, o de las ficciones del mainstream? Sólo así quizás sea posible imaginar una salida del realismo capitalista.

En este punto creo que la figura de Tincho puede sernos de utilidad. El modo en que las violencias históricas se sedimentan de manera acumulativa en su virtualidad en tanto sujeto, y en su carne en tanto individuo, permite subrayar la solidaridad de las diversas relaciones impersonales de dominación. Asimismo, su abolición nos lleva necesariamente a imaginar un horizonte pos-capitalista, post-patriarcal, y post-colonial simultáneamente. Tincho es, pues, la oportunidad de poner sobre la mesa la complejidad ante nosotrxs.

Los apoyos del capitalismo, del patriarcado y del colonialismo se cristalizan en Tincho. Por eso, al gritar “todxs contra Tincho” quizás aparezca la primera fisura, el primer sedimento, para imaginar una ofensiva disidente y anti-capitalista.

Para ello será necesario no perder de vista jamás la importancia que el factor “clase” encierra en las violencias de Tincho. En primer lugar, por el síntoma de la izquierda global que ya mencioné, de no poder disputar efectivamente marcos de redistribución, y haber relegado la cuestión económica a ser casi un tabú. En segundo lugar porque la clase parece una violencia estructural que goza de independencia de los otros modos de la vejación. Una persona afro-descendiente adinerada puede dejar de ser leída como “negro” por el entorno que la rodea. Una lesbiana en un lugar de poder puede subsistir sin grandes problemas por su orientación sexual. Sabemos de sobra cómo se da esto con los varones gays: con dinero, ser puto es una maravilla. En el imperio de los Tinchos, si tenés plata, la furia contra vos se aplaca.

De allí que escriba bajo el convencimiento de que nuestra disidencia sexual y de género debe entrar en un diálogo más profundo con movimientos anticapitalistas. Creo posible imaginar la construcción de una cultura de izquierda cuyo aglutinante sea, en definitiva, el rechazo por Tincho como modo de vida. Si Tincho tiene algo para darnos, es que nos puede servir como el marco de alianza básico para múltiples movimientos y luchas. Parafraseando a Sussy Shock, nos une saber que no queremos ser más éste Tincho. Allí, quizás, exista un norte para nuestro proyecto social y político.

1. Lo que Tincho sí imagina.

Ya señalé como el propio Tincho estar sumergido en el realismo capitalista. Eso me llevó a dar cuenta que en sus sueños e imaginaciones jamás interroga al sistema vigente. Como nosotrxs, Tincho no imagina más allá de las opciones que el capitalismo neoliberal del siglo XXI le ha legado. Ahora bien, hay algo que Tincho sí sabe imaginar, y de manera mucho más efectiva que nosotrxs.

Ante cualquier amenaza que ponga en entredicho sus privilegios, Tincho responde inmediatamente con la violencia que lo caracteriza. Lo llamativo es que esta violencia puede o no ser institucional. Tincho no necesita que su violencia esté legitimada por los marcos de reconocimiento oficiales que nuestra sociedad posee, ya que sus acciones gozan de legitimidad estructural, cultural y micro-política ¿Cuántas veces hemos visto a Tinchos vandalizar patrimonio público, o linchar a golpes a alguien, sin que haya consecuencias? Y ¿cuántas veces, ante una respuesta violenta por parte de una minoría, es ésta la que es condenada? La reacción social suele entender: “los chicos estaban borrachos”, “en el fondo no son malos”.

Por todo esto, podemos decir que Tincho posee el monopolio de la violencia ilegítima. El estado, con el otro monopolio, le da su beneplácito.

A Tincho no le tiembla el pulso para forzar, esquivar, o sencillamente romper las reglas de las democracias representativas. Asesinar, perseguir, insultar, agredir, violar o torturar son opciones que el “modo de vida Tincho” tiene al alcance de la mano como alternativa, tanto si el poder político de turno le da su beneplácito, como si no. En ese usufructo de la violencia, Tincho cristaliza los privilegios estructurales que lo atraviesan: ¿Quién no ha cagado a palos hasta lo muerte a alguien alguna vez, che?

Nuestra época nos da numerosos ejemplos de estas situaciones dentro de la sociedad civil, pero también en procesos macro-políticos. Es interesante revisar, por ejemplo, la reacción de la derecha latinoamericana ante los gobiernos “bolivarianos” de América Latina que, con mayor o menor acierto, han sabido interpelar los privilegios de los Tinchos. En respuesta, éstos han demostrado no tener el más mínimo problema en cuestionar y abandonar las reglas del juego democrático. Las maniobras de desestabilización, los golpes de estados (Dilma Rousseff, Evo Morales) y la persecución de líderes políticos (Lula, Cristina) no son cosas que uno encuentre en primera plana cuando se abre el folleto de la buena república. Ahora bien, cuando se trata de no perder terreno, los Tinchos han demostrado su capacidad de poner en entredicho las reglas, y producir una ofensiva efectiva y letal.

Por otro lado, la ocupación del capitolio liderada por un gran Tincho con cuernos es otra postal de los tiempos que corren que no podemos ignorar. Si la comparamos con cualquier manifestación popular, como por ejemplo, la realizada por el movimiento “black lives matter” que sucedió poco antes de la toma de enero, los privilegios de los Tinchos pro-Trump se cristalizan en un santiamén. ¿Se imaginan el castigo que caería sobre cuerpos abyectos y empobrecidos, si de pronto decidieran que las reglas del “juego democrático” no les satisfacen más? ¿Cuál sería la reacción de las autoridades si masas populares ocuparían el centro mundial del poder?

A modo de espejo cóncavo, nosotrxs, la gran cultura de izquierdas cuyo único aglutinante parece ser el rechazo a Tincho, no hemos sabido responder de la misma forma. Se nos enseña a esperar los movimientos del juego democrático, votar los candidatos “menos malos”, revisar si la constitución permite o no nuestro accionar, indignarnos ante la infamia, y fundamentar cada uno de nuestros actos con el manual de la buena república. En nuestras manifestaciones gobierna el imperativo: “de la casa a la marcha, y de la marcha a casa”. Siempre está el temor por transgredir alguna regla sin tiempo: sabemos que los medios le darían cámara, que comenzará sobre nosotrxs una campaña de persecución y desprestigio.

Como ya dije, este hecho es una evidencia a nivel global de los privilegios que Tincho ostenta y que se ven con claridad en un nivel micro-político. Así como en su día a día Tincho no tiene que argumentar ni justificar sus lazos afectivos, las zapatillas que usa, y los modos en que se comporta, tampoco debe justificar ante nadie sus tendencias golpistas y autoritarias. Por el contrario, lxs disentidxs sexuales, raciales y sociales somos permanentemente puestxs en el lugar del que debe dar explicaciones por su modo de ser y actuar.

¿Cómo revertir esta situación desigual? ¿Cómo construir un marco donde una acción sea viable? ¿Cómo desandar estas lógicas que, permanentemente, mueven el terreno en desventaja nuestra? La guerra es una secuencia de acciones recíprocas (Clausewitz); acciones que pocas veces sabemos responder a la misma altura que la de nuestro adversario. Nuestro enemigo parece dispuesto a escalar la violencia y cantar retruco ante cada golpe. ¿Estamos listxs nosotrxs, para realizar lo mismo de este lado?

2. Combatir un modo de vida

Por todo lo dicho hasta este punto, en Tincho podemos encontrar una continuidad entre sus prácticas micro-políticas y su modo de intervenir a gran escala. En ambos planos, Tincho no necesita contemplar las reglas ni los tiempos del juego democrático. A modo de espejo, lo mismo sucede con nosotrxs, quienes pretendemos abrir una diferencia para con Tincho: así como necesitamos cuidar nuestras prácticas en un plano micro-político (porque “foto de baldosa rota mata cualquier tipo de reclamo justo”) lo mismo sucede con nuestros proyectos de amplio alcance social. A lo sumo pensamos leyes que presentamos en el marco del estado de derecho capitalista; o de exigirle a ese mismo estado que nos reconozca en tanto sector social gestionado popularmente.

Seguramente esto encierra su sentido. Si Tincho se caracteriza por una actitud violenta, viril, acumulativa y abusiva, pareciera que lo que las izquierdas buscamos es evitar caer en ese lugar. “¿Cómo disputar poder a gran escala, sin caer en conductas tinchificadas?” parece entonces ser el problema. Ahora bien, alcanzar esta pregunta implica por un lado reconocer a Tincho como un modo de vida que debe ser combatido en cada aparición microscópica y, por otro lado, que es necesario disputar las condiciones estructurales que producen Tinchos a mansalva.

Entonces: ¿Cómo hacer de la revisión de las propias prácticas, una política sostenida y sistemática? ¿cómo combatir adversarios políticos, y modos de vida, en simultáneo? ¿Cómo articular nuestras estrategias molares y moleculares; macro y micropolíticas? Lo sabemos: de nada sirven políticas públicas si, en nuestro modo de hacer lazo social, seguimos sosteniendo prácticas tinchificadas. Asimismo, combatir las apariciones microscópicas de Tincho puede ser efectivo para hacer nuestra cotidianeidad un poco más hospitalaria, pero difícilmente pueda disputarle poder real a la casta de Tinchos que se ha quedado con el mundo.

Táctica y estrategia; micro y macro política, dimensiones molares y moleculares. Este doble registro se vuelve fundamental para pensarnos en vínculo con la violencia tinchificada que nos ha hecho ser lo que somos.

En un polo se ubican las estrategias de revisión de las propias prácticas, modos y deseos; la desconfianza de aquello que se nos aparece como obvio e inmediato, la pregunta por nuestros horizontes y la identificación de nuestros puntos ciegos. ¿No puede anidarse allí algo de éste Tincho que caractericé? ¿Cuánto de lo que hacemos a diario puede hacer sistema con Tincho? ¿En qué discursos y concepciones nos pensamos como Tinchos? ¿cuánto de nuestro deseo no está ya coagulado por la maquinaria de Tincho?

En el otro polo, se vuelve necesario disputar poder y producir construcción política. Pensar políticas de redistribución sustentables y sostenidas en el tiempo; lograr hacer usufructo de la violencia como modo de disputa; ampliar los marcos de reconocimiento desde movimientos institucionales. Ahora bien: ¿Cómo realizar ese despliegue sin incurrir en lógicas propias de la masculinidad tinchificada? ¿Cómo vencer sin convertirnos, nosotrxs también, en Tinchos? Y si lo hacemos, ¿habremos combatido verdaderamente a Tincho, o solamente habremos cambiado los individuos de lugar, en una maqueta cuyos casilleros han quedado iguales?

Por lo pronto, propongo señalar que un horizonte anti-tincho debe poder dar cuenta de violencias intersecciones que implica la propia constitución de Tincho como modo de vida. Si Tincho es machista, homofóbico, transfóbico, racista, y ejerce violencia de clase, necesitamos ser anti-machistas, anti-homofóbicos, anti-transfóbicos, anti-racistas, y ejercer contra-violencia de clase. O dicho de manera positiva: necesitamos pensar y crear política y éticamente un modelo humano que pueda superar las violencias de clase, de raza, de género y por orientación sexual.

Por José Ignacio Scasserra
Ilustración: Manu Zaffa