Las Leguizamo

La poesía podría llevarnos a la verdad.
Volvimos a ser tres, como siempre quiso papá.

A través de un amalgamiento entre literatura, música y locura, se nos ofrece un teatro de calidad inmensa y una emocionalidad que nos lleva desde la carcajada – nada disimulada de les espectadores – a la bronca y, en algunos casos, hasta las lágrimas. El elenco es impecable: la corporalidad habla por sí misma.

No me senté y la música ya atraviesa mi cuerpo. Toma posesión de manera sutil y me lleva a la selva misionera de nuestra Argentina. Hogar de un escritor del cual no hace falta dar nombre. O sí. Se trata de Horacio Quiroga. Su literatura atraviesa toda la escena. La luz es tenue, los libros se esparcen y una máquina de escribir se sienta en la mesa que aúna el conjunto de lo que pronto comenzará a ocurrir. Cuatro músicos se sitúan a un costado y, en un principio, resultan tímidos, suaves. 


La obra dirigida por Darío Pianelli es la nueva apuesta del Teatro El Picadero. En ésta no hay un abrazo cálido, sino un terremoto, una sacudida de hombros a les espectadores. La cadencia equilibrada del ambiente envuelve a una actriz que murmura y se retuerce, incómoda. La obra todavía no comenzó. La gente está ubicándose. Y a ella se le nota un dolor que le desgarra las entrañas, como si algo le faltase. Es Aimé (Melina Cruz). La ausencia de ese escritor, padre de las tres hermanas, se traducirá en ella, poco a poco, en pequeños destellos de divinidad vertiginosa: vomitará palabras que siguen el relato inconcluso de su padre. Una de sus hermanas, Lucrecia (Leilén Araudo), la seguirá a todos lados sólo para finalizar dicho manuscrito. La tercera, Elvira (Micaela Racciatti), será la que se posiciona desde un primer momento como la más precavida, la cazadora, la guardiana. ¿Por qué, preguntarán? Fácil. Será la que desconfíe ante la amenaza que conforman los hermanos Brito (Gonzalo Bao y Joel González Roch) quienes, al aparecer en escena, nos liberan momentáneamente de esa atmósfera pesada que siempre queda tras una repentina muerte. Traen comicidad, alegría. Una pausa. El público sonríe. Esto no durará mucho. Elvira está en lo cierto: los hermanos quieren apoderarse de los textos inéditos del aclamado escritor, de su padre. 


Al mentir para entrar a la casa de las hermanas, ponen en juego el equilibrio descoordinado con que ellas viven: el equilibrio de una locura, de un amor común, de una ausencia que las corroe de maneras distintas. La música les envuelve y sus voces se unen para narrar un sueño. Sin embargo – y a pesar de las expectativas de un final triunfante -, la selva no hace más que confirmar esa función que el escritor supo darle: la de devorar las creencias, las rutinas, las relaciones, los amores, las enfermedades, las ausencias y, en última instancia, la literatura.

Por Ana Clara Chanvillard

Fotos de Mariano Martínez y Purnima Foto.