Los sonámbulos

Noche. Silencio. La primera secuencia parece introducirnos en una película de terror. Luisa (Erica Rivas) se despierta con el sonido de agua corriendo, se levanta y recorre los pasillos de su casa. Cámara en mano, seguimos a Luisa en la penumbra. Lo que se esconde más adelante es un cuerpo descubierto, su hija Ana (Ornella D’Elía), sonámbula, acaba de tener su período.

 Los sonámbulos transcurre durante los días de festejo de fin de año de una familia acomodada, dueña de una editorial. La casona como emblema en medio de la naturaleza. La construcción familiares tan natural que nos sentimos sentados a la mesa, donde en la cabecera no se encuentra el abuelo, sino la abuela, Memé (Marilú Marini) “Los pibes no tienen la culpa de nada, serán las madres”, dice con gracia, y la frase sobrevuela toda la película. Está el mundo de los chicos, y está el mundo de los grandes. Y las madres, como ya se sabe, son las culpables.

Ana, una de las dos perspectivas que nos guían, atraviesa la adolescencia: el cambio de su cuerpo, el malestar, la incomodidad. Desprecia los acercamientos de su madre porque los considera infantilismos, pero no se encuentra del todo cómoda en los juegos de sus primos. Luisa, en cambio, transita los destratos de su hija, se cuestiona el perseguir su vocación, y lucha contra un matrimonio que la fastidia. Estas dos mujeres están cambiando, y lidiando con estos cambios. Hasta que llega Alejo (Rafael Federman), el primo veinteañero, canchero, el favorito de Memé, que demuestra un interés incierto por ambas.

El ahogo al aire libre. El calor derritiendo los vínculos. Pareciera no haber salida. Luisa se refugia en el alcohol, en la soledad de un viaje al pueblo, en su escritura. Los primeros planos cerrados en su rostro nos detallan cada emoción, cada palabra no dicha. La cámara atosiga a estas dos mujeres, las sigue y descubre. La tensión nunca desaparece. Se sostiene sobre las miradas a veces desencontradas, a veces unidas tenebrosamente en el centro de la charla, de la risa. La quietud del agua en la pileta, de los cuerpos agotados, transpirados.

La mirada de deseo se convierte en pesadilla, y entendemos que el terror no había abandonado la pantalla, simplemente se encontraba sumergido, oculto. Hernández apuesta a una historia arriesgada. Presenta la violencia con naturalidad, porque la corriente que la lleva es la familiar. Y seguimos ese entramado de anécdotas, broncas, reproches no dichos, miradas desatentas, relajadas, hasta el punto culmine de la película, donde ya no queda qué decir, solo huir. El hilo fino que mantenía la calma se rompe. Hernández logra una mirada atenta sobre el abuso, para nada sensacionalista ni perversa. Elige otra perspectiva; la naturalidad de un vínculo abusivo, cuando se construye frente a la vista de una familia entera.

Por Julieta Henrique
Arte: Van Arce

Los sonámbulos
Dirigida por Paula Hernández
Argentina, 2019