La tierra que pisamos es nuestra, y por eso sabe de nuestros pasos. Las botellas con la tierra de otros se juntan en el jardín de Cometierra. Ella no se reconoce como justiciera, pero al llevarse a la boca el suelo que otros tocaron, el camino que abruptamente la violencia zanjó se revela en visiones que posibilitan un descanso en paz.
Luego del asesinato de su madre, comienza a comer tierra en busca de una razón de ser a las desapariciones que ocurren a su alrededor. Por primera vez este don le revela con certeza el paradero de su Seño Ana. Esto desencadena el abandono por parte de su tía que concluye en su deserción escolar.
Pronto el resto del barrio se hace eco en la necesidad de respuestas. La desesperación de una madre que busca a su hijo lo convierte en un negocio que la lleva a tomar el rol de descubrir para los desoídos por el sistema, lo que los impunes encubren. Será evidente entonces que es receptora de una carga social que el destino puso sobre ella, en su especial conexión con la tierra y que implica una disyuntiva moral ¿Debe comer tierra para los demás? ¿Debe ser su mensajera, cuando el suelo se abra para los cadáveres que llegan antes de tiempo? La Seño Ana tiene una respuesta. Su espíritu se le presenta en sueños y con el arquetipo de guía que destinamos a las no-madres de delantal blanco, le sigue enseñando cuál es su identidad de mujer, mientras Cometierra crece y se completa como tal.
En esta novela, Dolores Reyes nos presenta las distintas formas de la marginalidad, con toda la poesía de los detalles que crean la sutileza de este mundo inexplorado. Cometierra es marginal por el barrio en el que creció y permaneció, pero principalmente porque es diferente, porque come-tierra y eso está prohibido.
Sin embargo la marginalidad subyacente en todo el libro es la de una voz colectiva que debe volver a las raíces de si misma para ser oída, la voz de las mujeres. Son las muertes que quedan al margen de la ley. A pesar de que Cometierra no forma parte deliberadamente de la lucha feminista, siente en su cuerpo a Maria, a la Seño Ana, a su madre. La tierra es mujer y reclama a través de ella: no quiere el cuerpo arrebatado de sus congéneres para abonar la vida de los que perpetúan la violencia.
Por Cande Celnik
