Comenzamos la historia cuando llegamos con Ronit [Raichel Waisz] a la comunidad judía ortodoxa en la que creció, y a la que vuelve para el entierro de su padre. De la superficie aparentemente calma de esa comunidad y del reencuentro de Ronit con Esti [Rachel McAdams] y Dovid [Alessandro Nivola] van emergiendo los conflictos que tensionan la trama y que giran en torno a un amor prohibido. La desobediencia se presenta a los protagonistas como una zona de clivaje entre la norma y el deseo, la libertad individual y los mandatos de la comunidad, entre el sinsentido y la fe, entre la adaptación y la transgresión.
En la primera escena, junto con Dovid, escuchamos el sermón del Rabino de la comunidad sobre la creación del génesis y el libre albedrío, como hombre que guía desde las normas y tiene todas las respuestas. Esta escena hace eco con la última, en la que Dovid, en el mismo contexto, encarna un modelo antagónico y más sano de masculinidad. Habla desde la duda, la impotencia y la renuncia, pero también desde la humildad y la generosidad. Esta idea de recreación de los protagonistas se subraya porque la historia se desarrolla en siete días, como el mito de creación judeocristiano.
El principal antagonista de los personajes no es la comunidad y sus reglas, sino los límites de los protagonistas para poder resolver sus conflictos por sus dudas y miedos al momento de transgredir lo que los oprime y hacerse cargo de su propio deseo. Ronit escapa del ambiente opresivo donde creció pero pierde su origen y sus afectos. Esti se queda y los conserva, pero pierde parte de su identidad y reprime su deseo. Dovid, al aceptar por amor la decisión de Esti, pierde un lugar de poder en la comunidad. La desobediencia se presenta como un acto de liberación, pero que también implica renuncia.
Uno de los principales méritos de la película es una puesta en escena sutil y sensual, donde todo está sugerido y nada está dicho del todo, lo que no habría sido posible sin la excelente interpretación de las protagonistas. El foco de atención está siempre llevado a un lugar más complejo: se trata el amor pero más allá de la idea de pareja, se muestran los códigos opresivos de la comunidad pero se fija la atención en los límites de los personajes para trascenderlos y en la escena de sexo, la intensidad del erotismo y la sensualidad destierran al desnudo y la genitalidad.
La narrativa cinematográfica da cuenta de esto, ya que en cada escena uno de los tres protagonistas está presente y son recurrentes los primeros planos, obligando al espectador a quedarse todo el tiempo bajo la piel de Ronit, Esti y Dovid. En los momentos más dramáticos para dos de los personajes se hace un travelling de la cámara hasta un primer plano subrayando sus conflictos internos. También cabe destacar la sutileza de ciertos planos detalle, como el de las manos de Ronit entrelazadas luego de la muerte de su padre, como imagen de su soledad.
¿Por qué verla? Porque es un viaje emocional muy bien filmado y exquisitamente interpretado con sutileza y sensualidad. Pero, sobre todo, porque es una historia de amores y liberaciones de las propias cadenas y miedos, que funcionan como caja de resonancia en la sensibilidad de quien la mira. Donde la desobediencia se presenta como el único camino de reafirmación y poder frente a los demás, como un acto desesperado en defensa propia, y aunque el costo a pagar sea muy alto, siempre vale la pena.
Por Daniela Sánchez
Arte: Van Arce
Año: 2017
Duración: 114 min.
Dirección: Sebastian Lelio
Guion/ adaptación: Rebecca Lenkiewicz, Sebastián Lelio
Novela: Naomi Alderman
Producción: Rachel Waisz, Frida Torresblanco y Ed Guiney
