A fines de siglo diecinueve, Alfonso Storni y Paulina Martignoni, de origen suizo, se unieron a todes les inmigrantes que emigraban de Europa hacia la Argentina en búsqueda de una mayor estabilidad. Específicamente, en San Juan, donde nacieron dos de sus hijes, pero en 1890 regresaran a Suiza para instalarse en Sala Capriasca, la zona italiana del país. Y allí, el 25 de mayo de 1892, nace Alfonsina. En 1896 se trasladan nuevamente a San Juan; sin embargo, la familia se muda a la ciudad de Rosario, momento en que Alfonsina debe abandonar los estudios para trabajar con su madre y en el negocio familiar debido a la inestabilidad económica y emocional del padre. Ya de joven, la escritora era muy inconformista, así que, con la muerte de su padre, se independiza y consigue empleo en el mundo de la actuación. El deseo de formarse académicamente no la abandona nunca y en 1910 se gradúa con el título de maestra rural.
Es durante esta época que comienza a publicar algunos de sus poemas, pero con apenas veinte años decide tomar el tren rumbo Buenos Aires, ya que había quedado embarazada de un hombre mucho mayor que ella y, además, casado; se enfrentará, desde entonces y hasta el último día de vida, a los prejuicios de una sociedad conservadora e hipócrita ante una madre soltera. Salta de trabajo en trabajo hasta que, con la aparición de su primer libro, La inquietud del rosedal (1916), consigue colaboraciones en Fray Mocho y Caras y Caretas -entre otras- que le pagan lo básico, además de establecer relaciones con intelectuales como Manuel Ugarte y José Ingenieros. Alrededor de 1920, pasa a ser encargada de una sección de La Nación, espacio en el que escribe del lugar que las mujeres merecen; por ejemplo: Llegará un día en que las mujeres se atrevan a revelar su interior; este día la moral sufrirá un vuelco; las costumbres cambiarán. También lo hace para reivindicar el derecho al voto femenino y cuestiona los lugares tradicionales asignados a las mujeres, pero no lo hace diplomáticamente, sino que se arma de una posición guerrera y exige la ruptura de los estereotipos que el patriarcado reclama a las mujeres.
A pesar de que hoy esto último nos parece lógico, en esa década era revolucionario, lo cual hizo que las mujeres se posicionaran de manera extrema hacia la escritora: o la consideraban un peligro o la admiraban. No obstante, resulta imprescindible mostrar su pensamiento feminista, ya que está muy marcado en sus escritos y en sus tonos, que varían de lo humorístico a lo sarcástico. Esta época es muy vertiginosa para Alfonsina: publica su poesía, da conferencias y clases en escuelas públicas e institutos públicos. En 1926, le será concedida una cátedra en el conservatorio de música y declamación, que aprovechará para dar clases de arte escénico; sin embargo, sufre una crisis física y emocional por el exceso de trabajo y le recomiendan reposo absoluto, a lo cual -obviamente- apenas hace caso.
Hacia 1930, ya ha logrado convertirse en profesional de su ámbito, uno dominado por hombres; es en esta época que conoce a Horacio Quiroga, amigo y amante, y a Benito Quinquela Martín, que organizaba tertulias en el café Tortoni. De todas maneras, es en su obra donde mejor se puede ver a su ser: tuvo un gran aprendizaje poético hasta dar nacimiento a esa voz de mujer moderna, una voz que nace de la conjunción de su gran sensibilidad y su necesidad de ruptura y renovación ideológica. Abarca, entonces, desde un estilo romántico-modernista en sus comienzos hasta una posición única en la vanguardia de su época, una posición que le valió una gran relevancia tanto a nivel nacional como internacional. En sus primeros poemarios: La inquietud del rosal, El dulce daño, Irremediablemente y Languidez, publicados entre 1916 y 1920, puede verse cómo trata de ajustarse a las estructuras que se asignaban a la escritura femenina, a “las poetisas”, manera en que se las denominaba para distinguirlas de “los poetas” y convertirlas, así, en una especie de súbgénero de la poesía. Alfonsina, como excelente transgresora, toma estos lugares tradicionales de la poesía -lo íntimo y doméstico- y los impregna de temas tabú, como el deseo femenino, la igualdad erótica entre sexos, la subordinación de uno ante otro, el silencio como legado de la mujer y una fijación con la muerte; ahí encuentra su rebeldía, en la burla hacia la tradición. Otro de los temas que más persiste en su obra es un concepto universal: el amor. Alfonsina lo transmite en sus poemas como una especie de furor que tomaba posesión del cuerpo, algo imprevisible e incontrolable.
El gran giro estilístico de la poeta se dará en Ocre (1925) debido -quizás, todo está sujeto a revisión- a un mayor nivel de introspección y una posesión distinta del propio sufrimiento. A pesar de tener reconocimiento y buenas relaciones en todos sus ámbitos, desde el profesional hasta el materno-filial, algunes seguían tachándola de inmoral. También escribió para teatro pero fue muy criticada debido a una malinterpretación de las ideas feministas que exponía su obra El amo del mundo (1927); por otro lado, era criticada por los ultraístas-martinfierristas liderados por Jorge Luis Borges, quienes buscaron denigrar su figura al calificar su escritura como cursi. Todo esto fue muy doloroso para ella. Será en su poemario Mundo de siete pozos (1936) la obra en que se genera su transformación, donde mujer y autora alcanzan una voz libre de cadenas estilísticas pasadas y comienza a ser mucho más visual a la hora de representar su lado más sensible: hay una angustia existencial que toma posesión del cuerpo, de sus fosas naturales, y lo impregna de una gran violencia (Agrio está el mundo,/inmaduro,/detenido); también se ve lo urbano en su escritura.
Su último poemario, Mascarilla y trébol (1938), verá luz un mes antes de su muerte y será ahí, en esas hojas, donde aparecen sus imágenes más oscuras y extravagantes. Cuando vamos a su biografía, se comprende el por qué de la oscuridad: en 1935 se le había diagnosticado cáncer de mama y debió someterse a una operación que le dejó cicatrices no sólo emocionales, sino también físicas, puesto que perdió su seno derecho. Esta mutilación la marcó tanto que siente cómo la muerte la ronda. Su salud empeora vertiginosamente y que algunes pares, ya fuesen amistades o no, se hayan suicidado, tampoco ayudaba. Es entonces que, en su última obra, se deja ver una despedida.
Afligida por este cáncer -incurable en aquel entonces- y un gran dolor físico, la poeta decide arrojarse de un espigón el 25 de octubre de 1938 en Mar del Plata. La poeta consideraba al suicidio como una elección concedida por el libre albedrío, algo que ya había dejado claro en una carta a su amigo y amante Horacio Quiroga, también defensor de esta creencia, tal y como lo demuestra su propia muerte. Sus restos se encuentran enterrados en el cementerio de la Chacarita. Ese mismo día escribió una carta a su hijo Alejandro y, como testamento, dejó su poema Voy a dormir.
Como tótem de su gran lucha feminista en una época imprescindible, recordamos uno de sus poemas más representativos, Tú me quieres blanca:
Tú me quieres alba,
me quieres de espumas,
me quieres de nácar.
Que sea azucena
Sobre todas, casta.
De perfume tenue.
Corola cerrada .
Ni un rayo de luna
filtrado me haya.
Ni una margarita
se diga mi hermana.
Tú me quieres nívea,
tú me quieres blanca,
tú me quieres alba.
Tú que hubiste todas
las copas a mano,
de frutos y mieles
los labios morados.
Tú que en el banquete
cubierto de pámpanos
dejaste las carnes
festejando a Baco.
Tú que en los jardines
negros del Engaño
vestido de rojo
corriste al Estrago.
Tú que el esqueleto
conservas intacto
no sé todavía
por cuáles milagros,
me pretendes blanca
(Dios te lo perdone),
me pretendes casta
(Dios te lo perdone),
¡me pretendes alba!
Huye hacia los bosques,
vete a la montaña;
límpiate la boca;
vive en las cabañas;
toca con las manos
la tierra mojada;
alimenta el cuerpo
con raíz amarga;
bebe de las rocas;
duerme sobre escarcha;
renueva tejidos
con salitre y agua:
Habla con los pájaros
y lévate al alba.
Y cuando las carnes
te sean tornadas,
y cuando hayas puesto
en ellas el alma
que por las alcobas
se quedó enredada,
entonces, buen hombre,
preténdeme blanca,
preténdeme nívea,
preténdeme casta.
Por: Ana Clara Chanvillard
Arte: Van Arce
