Baño de Damas, una mapa corporal

“Después se enojó con su cuerpo: era gordo, viejo, desproporcionado; tenía marcas y lastimaduras, tenía manchas. Pero era el mismo cuerpo con el que unos minutos antes había sentido placer.”  Natalia Rozenblum, Baño de damas

Apenas empiezo a leer Baño de damas, un poema de Sharon Olds viene a mi mente: “49 ½”, en el que usa la siguiente imagen para referirse a la menopausia: “Por un momento, me imagino el vestuario/ de una piscina al aire libre –paredes de bloque/ de cemento y olor a cloro– y no hay nadie allí” Este es el mismo espacio que Rozemblum propone para sus personajes: el natatorio de un club barrial, baños de damas, una piscina, espejos, cloro. Un espacio impoluto donde los cuerpos se muestran y  se interrogan dentro de una mirada femenina que exige, que nunca para de mirar. Ana Inés, la protagonista, es una mujer mayor que pasa sus días jugando juegos de computadora, en el club con sus amigas, recibiendo las visitas confusas de su hija, y pensando en esa vida que deja atrás.

Rozenblum construye una mirada que se encuentra atravesada por el cuerpo, como mapa por el que transcurre la historia. Cada sensación se presenta anclada en un dolor pasado, marcado en ese cuerpo minado por experiencias, donde un pensamiento romántico puede manifestarse como una contracción. Varias cosas se dejan claras desde el inicio: ese cuerpo todavía siente, todavía se busca bello, todavía se encuentra cambiando, todavía desea. Desde la presidencia del club barrial hasta Antonio, un viejo amor al que Ana Inés vuelve en cada encuentro con la pregunta por esa historia vivida, ahora corrida hacia un costado. Pero otra claridad se va percibiendo a medida que se avanza: ese cuerpo traiciona. Las nuevas medidas estéticas, las dietas, el espejo como el enemigo, no dejan de atosigar tanto a la protagonista como a sus amigas; la lucha contra el cuerpo las encuentra a su vez lidiando con la muerte, ese horizonte al que se encuentran arribando, donde las visitas al geriátrico y las limitaciones personales se vuelven plato de todos los días.

            La narración cotidiana de esta novela nos muestra los devenires del cuerpo contra  toda idea preconcebida sobre la vejez. Una narración corporal que se vuelve reivindicación de la experiencia como arsenal de sensaciones, no de conocimiento, y de segundas, terceras, cuartas oportunidades. Nunca se deja de sentir. No mientras se esté vivo.

Por Julieta Henrique
Arte: Van Arce