¿Encontraste el silencio, Alejandra?

Escribes poemas/ porque necesitas/ un lugar/ en donde sea lo que no es

(la profundidad, cuanto más profunda, más indecible)

(Alejandra Pizarnik en Poesía completa)

     La academia sentencia que para escribir una reseña es menester la imparcialidad y la objetividad. Y si hay algo que quien escribe no es, es ser  “objetiva” ante la obra que hoy les voy a presentar (más bien, me atrevería a decir, que soy, por excelencia, todo lo contrario). Por lo tanto: perdón academia, perdón aquellas reglas, perdón lectoras y lectores: esto puede no ser una reseña sobre Alejandra Pizarnik.

   Truncada. Sí. Estoy truncada. No me sale siquiera palabra para empezar a nombrarla. Creo que el saco me queda grande y me pongo a llorar y rompo en indecisiones. No me atrevo a detallar ni la sombra, ni el jardín, ni el espejo. ¿Cómo decirte Alejandra si no es desde vos y las ausencias, a partir de tus propias palabras fantasmas y fragmentos? ¿Cómo llamarte sino desde esas vidas que fueron tuyas y por tanto tus muertes, es decir, a vos alejandra alejandra  y tus barcos y niñas y el llanto de tus huesos y la noche que tiene el color de los párpados muertos? ¿Encontraste el silencio Alejandra, lo encontraste y lo hiciste poema, lograste decir el silencio? ¿Llegó ese día en que la poesía se hace sin lenguaje?

Menudo desafío presentarte.

Alejandra Pizarnik, “sometida a esta vida” desde el  26 de abril de 1936 en Avellaneda, hasta el 25 de Septiembre de 1972 (fecha en la que se definió a irse del mundo desde Buenos Aires, a sus 36 años). Es considerada la última gran poeta que nos dejó el siglo XX  y ubicada dentro del espectro de les “poetas maldites” por la identificación que mantuvo durante toda su vida con autores como Antonin Artaud, Baudelaire, Mallarmé, Rimbaud, Rilkey el surrealismo. Alejandra nos dejó un en sus obras un mundo de profundo intimismo, extrema sensibilidad, existencialismo y severa sensualidad, signado por la constante búsqueda del yo desde su ser mujer apartada de la “normalidad”, que recorren largo y ancho (con distintos escenarios, tonos, voces, fugas y matices) la totalidad de sus poemas y diarios.

     En “Poesía completa” de Alejandra Pizarnik, (Lumen; Barcelona 2016), se reúne toda la obra poética de la autora. Este pequeño volumen de 470 páginas abarca desde aquellas producciones que publicó en vida –La tierra más lejana (1955), La última inocencia (1956), Las aventuras perdidas (1958), El árbol de Diana (1962), Los trabajos y las noches (1965), Extracción de la piedra de la locura (1968), El infierno musical (1971)- así como también poemas inéditos que se pudieron compilar a partir de los manuscritos que la propia Alejandra dejó con marcas de edición. Se trata de un volumen que, como dice Ana Becciu (poeta, traductora, íntima amiga de AP, y encargada de esta edición)  “no es definitivo, en un sentido académico; es sólo una compilación, hecha, eso sí, con lealtad a Alejandra Pizarnik, y devoción a su obra, única e irrepetible”.

    Mis palabras exigen silencio y espacios abandonados

(AP en La noche, el poema)

La voz, la cadencia, y la potencia poética de Alejandra no tienen un igual registrado en la historia. El escenario preferido de Alejandra es la noche: La noche, lo oculto, el silencio, lo que no se dice, mirando a través de un espejo fragmentado, es el espacio clave de la poesía que abre la posibilidad de confesarse a ella misma lo que no puede explicarle al mundo sobre el propio mundo (explicar con palabras de este mundo / que partió de mí un barco llevándome).

  Los recursos literarios utilizados en sus poemas son exquisitas sinestesias, oxímoron, y metáforas impactantes, que se alejan de toda escritura clásica de formalidad métrica, mediante los cuales logra llevarnos de la mano (y de todo el cuerpo) al interior de sus desbordes emocionales. A partir del desdoblamiento de sus voces internas y el manejo del poema en tanto escenario gramatical, estos poemas se tensan, se hacen, se gritan o susurran, a modo de confesión  entre polos antagónicos en medio de los cuales Alejandra parece estar en disputa consigo misma a lo largo del tiempo: la posibilidad de ser y de no ser (/Miedo de ser dos/ camino del espejo:/ alguien en mí dormido/ me come y me bebe);  del decir y no decir; el animarse a la muerte o a la vida (/¿Cómo no me suicido frente al espejo// Pero mis brazos insisten en abrazar al mundo); la bisexualidad (que sostuvo muy a pesar de la represión sexual que imponía la sociedad -incluido su psiquiatra-), la soledad exacerbada (Pero creo que mi soledad debería tener alas) y la niñez perdida (Recuerdo mi niñez/ cuando yo era una anciana); las Alejandra pasadas, las futuras (Cubre la memoria de tu cara con la máscara de la que serás y la astuta niña que fuiste) y la que nunca va a ser; el silencio y la muerte, son algunos de los grandes tópicos que recorren su obra.

 Lo extraordinario de la poesía pizarkniana es que impregna en la sensibilidad de nuestros propios cuerpos, desde un manejo sublime de la opacidad y transparencia del sentido, imágenes de las más precisas (la mayoría de las veces desde una zona fronteriza entre la oscuridad y la ternura: /una mirada/ desde la alcantarilla/ puede ser una visión del mundo/ la rebelión consiste en mirar una rosa/ hasta pulverizarse los ojos/). Nos hace partícipes de los delirios de una enamorada de las palabras como amante de muerte, de su necesidad de recuperar la memoria del cuerpo, y la antigua y olvidada ternura.

   Posiciona su escritura como una escritura contra el miedo (Escribo contra el miedo. Contra el viento con garras que se aloja en mi respiración). Y es a partir de la multiplicidad de voces internas y sus corrimientos (No puedo hablar con mi voz sino con mis voces) que nos interpela en la profundidad de sus costados más íntimos (todo es intimidad, diría Alejandra), exhibiendo sus desgarraduras y tristezas permanentes  (Pero hace tanta soledad/ que las palabras se suicidan) ante nosotres, que la leemos, con total claridad.

Por eso cada palabra dice lo que dice y además más y otra cosa

(AP en La palabra que sana)

  Me resulta por demás interesante señalar el imponente carácter distintivo del rol meta-textual de su poesía. Ella centra sus poemas en el dar cuenta de la  imposibilidad del decir y la intensa autoreflexión de sus poemas, en diálogo también con muches otres autores. La poesía de AP es profundamente autoreflexiva de sí misma porque su devoción hacia la lengua y la poesía es constitutiva de su propia intimidad. Alejandra no existe sin su pasión hacia la escritura, y es éste (junto con el deseo hacia la muerte y su amor por la noche y el silencio) uno de los cimientos más fuertes que componen su Locus poético. La escritura de Alejandra y Alejandra engendran una relación de adicción que se autoconsume a la vez que se retroalimentan. La precisión con la que detalla sus procesos de escritura en el mismo momento de la enunciación mientras se ponen en juego otros sentires tan profundos como la disociación de la vida y la muerte, son abismales tan exactos que permite que veamos cada hilo con el que ella cose a poema su poema, porque son esos hilos, justamente, el poema en sí mismo, la escritura como única acción, a la que se aferra, el lenguaje como única posibilidad para esconderse de sus miedos (en donde, no casualmente, se los encuentra a todos).Incluso, podemos ver cómo a medida que pasa el tiempo y la escritura (y la locura) el lenguaje como espacio de exteriorización de su intimidad, migra de sentido ampliamente: asa de ser el único lugar que la resguarda el mundo, a una de sus voces poéticas que ella elige la retarse a sí misma. Hacia el final de su vida, en 1971, escribió estando internada en el Pirovano el gran poema titulado  “Sala de Psicopatología” cuyos últimos versos son:  “El lenguaje/(…) decídete; te las picás o te quedás,/ pero no me toques así,/con pavura, con confusión,/ o te vas o te las picás,/ yo por mi parte, no puedo más/).

trabajo con mis ojos/ en construir/ en reparar/ en reconstruir/ algo parecido a una mirada humana/ a un poema de hombre/ a un canto lejano del bosque

¿A dónde conduce esta escritura? A lo negro, a lo estéril, a lo fragmentado (…)

 Yo quería entrar en el teclado para entrar adentro de la música para tener una patria

  Al mismo tiempo, los poemas dedicados a escritores (a Olga Orozco, a Silvina Ocampo, Janis Joplin, Eva Durrell, Antonio Pacha, Diana –entre otres-), así como las múltiples citas,  menciones y referencias directas a otras obras (Nietzsche,  Paul Éluard, Marx, Rimbaud, Freud, Dostoievski, Kafka –entre otres-), dan cuenta de su posición activa dentro del mundo de la escritura y la lectura reflexiva que ocupa. Alejandra es una poética de la narrativa que se sabe partícipe del mapamundi colectivo que es lo literario. Escribe por y para su soledad, pero deja fulgurante en su discurso otras voces. Alejandra es una poética que repiensa en su discurso las poéticas de otres, constantemente.

Leer con precaución en épocas de pandemia

Ojalá pudiera vivir solamente en éxtasis, haciendo el cuerpo del poema con mi cuerpo, resaltando cada frase con mis días y con mis semanas, infundiéndole al poema mi soplo a medida que cada letra de cada palabra haya sido sacrificada en las ceremonias del vivir.- (AP en El deseo de la palabra)

 Soy de aquellas, como arranqué diciendo, para nada objetivas cuando de Alejandra se trata. Se me traba la lengua, se me enrarece el pecho, y quiebra mi garganta un suspiro enorme, que necesita ser bocanada de aire, cada vez que finalizo la lectura de un poema suyo. Soy de aquellas, que recomiendan febrilmente su lectura, empaparse de Alejandra, dejarse llevar por ese mar profundo que es, por esa zona híbrida entre la oscuridad suprema y el hilito de ternura que desprende. Cuando leemos a Alejandra, nuestros cuerpos y nuestras emociones se modifican. Por eso aconsejo tener mucho cuidado a la hora de  zambullirnos en ella en épocas de pandemia y encierro, sin resguardos emocionales. La introspección que nos propone la lectura de “Poesía completa” abre las puertas de la conmoción hacia un universo poético de orden alterado por la fragmentación mental, donde es posible, para quien lee, llorar todo lo que deba ser llorado si  une se refleja, y escribir tiras largas de poemas goteantes. Leer con moderación depende de qué flash curta, a nivel poético y mental, cada une. Eso sí, cuidémonos, hagamos de su poesía una trinchera contra los miedos internos y los externos que interiorizamos, pero nunca, nunca, nunca, hagamos de Alejandra Pizarnik una tumba nuestra.  

Por Camila Hoyo Veigas
Arte: Van Arce