Eisejuaz es es una novela imprescindible para entender el universo de Sara Gallardo, a esta mecenas ideológica que usa la región y la fe para poner en tensión las creencias de sus protagonistas.
La discusión por conocer a qué género literario pertenece esta novela continúa hasta la actualidad, aunque muchos la consideran dentro del “realismo” por tratarse de una novela que tiene como eje la cosmovisión del pueblo indígena y que emula el modo de hablar y vivir de los indios wichies
Pero lo que verdaderamente convierte a Gallardo en una especie de “mecenas ideológica” es que elige contar la historia de las misiones católicas y protestantes que se instalaron en la provincia de Salta, encarnando la voz del indio, desde su la perspectiva que Sara imagina para él y su mirada de lo real.
La autora construye la otredad a través de la prosa, ejemplificada en el discurso místico del indio, la relación de Eisejuaz con el espacio, y la elección de diferentes herramientas narrativas que construyen la subjetividad de la novela.
Eisejuaz está contada en nueve capítulos cuyos títulos descriptivos y simbólicos, anticipan al lector acerca de la evolución de la trama, pero que también se vinculan con una temática religiosa/oscurantista, que atraviesa toda la novela. Podemos tomar como ejemplos “el desierto” “las tentaciones”, “las coronas” o incluso “los trabajos”, que por momentos pareciera hacer mención al modo en el que los brujos realizan sus “hechizos” sobre las personas.
Esta estructuración ayuda a construir una temporalidad sin presentar los hechos de modo cronológico, sino que se elabora de manera acumulativa. El narrador intercala el tiempo presente con el pasado a modo de flashback, y este modo no lineal de construir el relato genera la sensación de que la historia no sucede en el tiempo de Cronos, sino que hay otro tiempo (el kairos, el sagrado, el no tiempo) que mueve el eje narrativo.
Esto puede verse en el modo en el que todo aparece y desaparece. La gente, las cosas, las circunstancias, van y vienen, oscilan, sin jerarquía de importancia, se da otra temporalidad en la que el futuro y el pasado se confunden y parecieran fluir en un presente continuo. Un guiño hacia el lector se da en la manera en la que los indios hablan de su edad (…“su hombre a los 15 años de mi edad”…), mostrando que hay otro tiempo.
En relación al espacio, el ambiente es una pieza fundamental dentro de la creación de su peripecia, ya que todo a su alrededor se vuelve un personaje a través del cual le habla su dios. La lagartija, la canilla del agua, o el tigre constituyen un mismo personaje, y al mismo tiempo sirven de guía o de pruebas, para hacer avanzar su peregrinaje. Todo a su alrededor es sagrado, todo es dios, entonces ese “todo” es un personaje más.
Por otro lado, hay un insistente subrayamiento en la negación “nada no tengo para dar”, “nada no hablé” y una forma particular de lo impersonal “se vamos a morir” “se enfermamos”. Esta despersonalización también se acerca a la cosmovisión indígena cuando disuelve al yo como sujeto individual para unirlo con ese Uno creador, volviendo nuevamente a la idea de un “Todo”.
Asimismo, cierta poética en el modo de hablar de Eisejuaz acentúa su aire profético, insano e irracional (“… Agua que corre se levantó y una alegría lo llenó, y lo pintó de un color que no puede decirse y estuvo libre”…)
Con respecto al eje narrativo pareciera estar centrado en un doble anclaje (el mundo del blanco y el mundo del indio), pero que comparte un camino de iniciación fundado en la fe.
El relato está plagado de símbolos de ambas culturas: el canto wichi, las maldiciones, la intuición como revelación, el frío que castiga al pueblo sobre el final como una especie de plaga, las peregrinaciones y las anunciaciones -que tanto se asemejan a los textos bíblicos-, la búsqueda de un oráculo (Orán), de guías, de señales, de mensajeros de dios, etc.
Eisejuaz, al igual que Cristo u Odiseo, emprende un viaje iniciático en el que, a través de una lucha intensa y una constante espera, busca realizarse y encarnar a un nuevo hombre.
Sus herramientas aliadas van a ser absolutamente todos los elementos con los que se cruce en su camino. La naturaleza es la representación de su dios, por ende, Eisejuaz conecta con cada animal, objeto o persona como si allí se encontrara la verdad divina. Pero la señal de la naturaleza puede ser cualquier cosa. Un ejemplo se da en el siguiente fragmento: …“Rómpase mi superficie, mi cáscara, mi corteza, para que pueda beber del agua de los mensajeros que brota desde el centro de mi corazón” Allí los hombres trabajan y golpeaban el suelo de las calles. Y los caños del agua, que deben ser secretos, se veían”… Esta suerte de dialogo-espejo con el afuera guía su adentro.
Eisejuaz pone a disposición sus herramientas de chamán (la alteración de conciencia con el uso de plantas, la rueda en la que coloca a Paqui en el centro, la sanación a través de sus manos, sus cantos, su palabra, etc) para cumplir el destino de dios, resignando el propio cual si fuera un mártir.
Este también, pareciera contarse las historias a sí mismo, a ese otro que lo habita y lo toma como posesión, pareciera hablarle al que habla, “ver al que ve”. En la construcción de esa voz, Sara Gallardo reúne varias denuncias – los abusos, la humillación, la prostitución, la sustracción de bebes, la venta de esclavos, la explotación por parte de la iglesia-, sin correrse de la visión mística de Eisejuaz.
Sara cuenta la historia de ese río que tiene dueño, pero también la del “Agua que corre”, la del marginado que no encaja en ese pueblo que ya no es el suyo, con esa gente que ya no es su gente. Tal vez, no entregar su conocimiento al hombre blanco, no cumplir con su mandato como curandero o chamán sea la manera de proteger ese conocimiento ancestral, que es burlado y utilizado para fines lucrativos, como sucede con el Paqui casi al final de la historia, o como sigue sucediendo en la actualidad con el chamanismo pop que nos rodea.
Tal vez ,cuando el indio decide no dar aquello para lo que había nacido, en realidad no esté incumpliendo con su destino, sino todo lo contrario. Eisejuaz, Este También, Agua que corre, salva su cultura precisamente porque no la entrega.
Por Lala Sosa
Arte: Van Arce
