La primera vez que leí a Susana Thénon estaba sentada en el piso del living del departamento de Sami, una amiga. Solo había una velita prendida y la luz apagada de la noche se resbalaba, desobediente, entre las ranuras de una persiana apenas abierta. Me había dado algunas hojas impresas con poemas de mujeres: elegí los que más te gusten, dijo. Leí muchos en voz alta esa noche, pero la memoria es una animala caprichosa y el único que recuerdo es: “¿Por qué grita esa mujer?” Quizás porque la primera vez no pude terminar de leerlo porque me quebró la garganta, quizás porque las veces que siguieron también me la quebró, quizás porque me la sigue quebrando. Y así sucede con casi todas las cosas que recuerdo: las imágenes que persisten son las que impactaron convirtiéndose en experiencias del cuerpo. ¿Y acaso no es eso la poesía? Una experiencia que lo hace más habitable, que lo purga.
Susana Thénon nació en Buenos Aires en 1935 y falleció cincuenta y seis años después en el mismo lugar. Además de poeta, era traductora y fotógrafa. Sus libros en ese momento se imprimían de a pocos ejemplares, sin reedición. Por eso tenerla hoy entre nosotrxs se lo debemos, en gran parte, al acto amoroso de dos amigas: la escritora María Negroni y la ensayista Ana María Barrenechea, quienes reordenaron toda su obra después de su fallecimiento. Reunieron en dos tomos llamados La morada imposible sus libros Edad sin tregua, Habitante de la nada, De lugares extraños, Distancias, Ova completa, poemas inéditos, dos ensayos y traducciones de Rilke. En el prólogo del Tomo I, dice María Negroni: “La última vez que la vi estaba totalmente a oscuras ya, perdida en la casa de su madre, de la que hablaba con horror. De esa tarde recuerdo nuestro entusiasmo desmedido —que ocultaba mal el desasosiego— por la palabra cuchitril.” Es curioso cómo, aún en el zaguán oscuro de la enfermedad, Thénon seguía habitando esa zona en la que las palabras la orientaban como luciérnagas alguna noche de verano, esa zona remota desde la que escribió y edificó su obra: cuestionando los discursos que se instalaban como verdad: combatiendo el espacio privado al que fueron confinadas las mujeres a lo largo de los siglos. Se rebeló con la sustancia de la ironía ante el estereotipo de mujer poeta alcohólica, enferma, deprimida, anoréxica de los años 70. Desarmó el significante del cuerpo que ha sido definido en términos de rasgos anatómicos excluyentes para la identificación: cuerpo-mujer y cuerpo-hombre y capitalizó la carencia histórica convirtiéndola en su material, así se vislumbra en su poema “No”:
ME NIEGO a ser poseída
por palabras, por jaulas,
por geometrías abyectas.
Me niego a ser
encasillada,
rota,
absorbida.
(Thénon, 1959: 52)
Pienso en Susana como en los peces de esa primera escena inquietante de Zama, la novela del autor argentino Antonio di Benedetto: “Dijo que hay un pez, en ese mismo río, que las aguas no quieren y él, el pez, debe pasar toda la vida como el mono en vaivén dentro de ella; aún de un modo más penoso, porque está vivo y tiene que luchar constantemente con el flujo líquido que quiere arrojarlo a tierra (…) nunca se los encuentra en la parte central del cauce sino en los bordes, alcanzan larga vida, mayor que la normal entre los otros peces.”(Benedetto, 2010: 13) Como una poeta que ha escrito desde los márgenes y aun así ha logrado hundirse en la fragilidad de las cosas modernas. Y también, aun así, en palabras de María Negroni su poesía tiene la fuerza de“la geografía centrífuga que gira hacia afuera de sí misma para abismarse en lo que no se ve”.
Lo esencial de la poesía es encontrarse con la propia sensibilidad, dice Ponge, el ensayista y poeta francés. Habla de desligarse de lo preconcebido, de los conceptos a priori con los cuales miramos el mundo para encontrar aquello que nos interpela de manera única. La palabra y el poema tienen que alcanzar la realidad de su propio mundo: “¿Y cómo uno es sensible? Se debe tener el coraje de expresar la sensibilidad tal como es. Y creo que la más grande dificultad es esa honestidad para con la propia sensibilidad.” (Ponge, 2016: 43) Y sin dudas, la poesía de Susana Thénon supura esa sensibilidad. Entre sus palabras se hinchan silencios y se teje una poética de la ausencia. Es un grito en una cueva: nos llega el eco, la vibración, el fondo oscuro. Es, a la vez, como entrar a uno de esos laberintos en los que hay un montón de espejos y nuestro cuerpo se deforma en cada uno. Es un extraño, un extranjero. Ella se afirmó en ese espacio: nuestra imaginación está forjada “por dientes y espejos” (Thénon, 2007: 27) que no nos pertenecen por naturaleza, sino que heredamos culturalmente.
Volviendo a “¿Por qué grita esa mujer?” hay algo de la economía de la carencia, de la ausencia, ya que son solo cuarenta y un palabras diferentes. Con esa economía Susana Thénon crea un mito: el de la mujer histórica. El de la mujer que en el poema es una y a la vez todas, porque es la mujer que puede desaparecer. Y ante el mito de la mujer que puede desaparecer, una certeza tan fatal como esperanzadora: quedará en las voces de muchas otras mujeres.
A menudo la poesía de la autora argentina se revela como un negativo expuesto al sol. Como esa luz que se deja ver y no. Como esa hoja impresa que aquella noche acerqué a la luz volátil de una velita para ser afectada por la fuerza del descubrimiento. Como mirar a través de la mirilla de una cerradura, pudiendo delimitar con claridad el campo oscuro. Aunque hay algo que está claro: si hay algo que se resbala, desobediente, entre las ranuras de una ventana nocturna, es Susana Thénon que marcha, eterna, las calles con nosotras.
Por Candela Romano
Ilustración: Van Arce
