Ecofeminismo: ¿Política o romantización?



La relación entre el feminismo y la ecología es cada vez más estrecha. En esta nueva normalidad que nos obligó a pasar cada vez más tiempo frente a nuestras computadoras o celulares, nos bastó con pasar un rato scrolleando hacia arriba y hacia abajo en las redes sociales para encontrar esta asociación en sus formas más diversas, y en cualquier tipo de publicación.
El bombardeo se colaba entre las noticias de vacunas, extensión de la cuarentena o el conteo diario de muertxs y enfermxs. Un posteo sobre el avance de la vacuna rusa aparecía pegado a una publicidad de la “copita menstrual” que adviertía los daños que le ha causado a la tierra el uso de los productos químicos con los que se elaboran tanto los apósitos conocidos como “toallitas”, como los tampones. Agregaba, además, que el uso de la copita permite a las mujeres menstruantes una reconexión con la  naturaleza, incitándonos a usar nuestra propia sangre como fertilizante para plantas.
Un corte del presidente pidiéndonos un poco más de paciencia seguido por una publicidad, con la cara de la actriz Juana Viale, que como estrategia de venta, usa  el slogan de “volver a lo natural”- como un lugar al que las mujeres debiéramos regresar- y nos propone el uso de su bruma vegana hecha de “árboles sagrados y plantas ancestrales”.
Placa de muertos. Posteo sobre lxs incoscientes que salen a correr. Abajo un corte de video de una humorista opinando sobre los últimos incendios forestales en varias provincias argentinas. Decía que la causa se encuentra en el consumo industrial de carne y de productos lácteos. Hacía hincapié en que si alguien se considera feminista, debería rever lo que lleva a su plato, porque “unx verdaderx feminista debería empatizar con las hembras violadas, que son utilizadas como esclavas hasta su muerte, separadas de sus crías, solo para que algunxs tengan un poco de leche con la cual cortar el café”.
Y cuando la actualidad se sale del Covid para hablar de política, las redes de un portal de noticias muestran la asunción de  la diputada Alcira Figueroa, quien en vez de jurar por la patria o por dios, pone su mano sobre la Biblia y jura por “la madre tierra”, “por las mujeres” y “las disidencias”, entre otros.
Sumamente confundida y llena de información me pregunto: si pasa en las redes sociales y todxs quieren dar su opinión o formar parte del debate entonces ¿el ecofeminismo es una moda?

Banalizar la causa
Si bien la propagación del vínculo entre ecología y feminismo es relativamente reciente, el término “ecofeminismo” fue acuñado por primera vez en 1978 por la escritora y militante francesa Françoise D´Eaubonne, quien reclamaba el cuerpo femenino como propiedad de una misma y que, además, establecía una valoración positiva basada en el hecho de reconocer nuestros cuerpos como naturaleza; idea que llevó a que muchas mujeres se dieran cuenta del peligro que representaba para la salud el uso de la medicación excesiva o los pesticidas utilizados en los alimentos, entre otros ítems.

El movimiento, que en aquel entonces no logró demasiadxs adeptxs en París, tuvo una fuerte repercusión en Estados Unidos, entre los sectores que se oponían a los movimientos nucleares, que encontraban una fuerte vinculación entre la cultura de guerra que viola y conquista los cuerpos femeninos como un trofeo, y la explotación y conquista de la naturaleza. Creían que ambas son territorios a ser dominados, ya que estos dos tipos de opresión se conectan, en el sentido de que las mujeres son consideradas inferiores porque están más ligadas a la naturaleza, y la naturaleza es inferior a la sociedad.

Esta asociación es histórica y cultural.  El propio Francis Bacon, “padre del empirismo” proponía una- cuanto menos- polémica comparación entre mujeres y naturaleza. Decía que, al igual que (si era necesario) había que forzar el cuerpo de una mujer para obtener su fruto, del mismo modo había que dominar a la naturaleza para extraer de ella lo que fuera necesario. Insisto:cuanto menos polémica, pero no por eso extraña. Sobre este tipo de propuestas se funda la sociedad moderna, y sus consecuencias se encuentran repartidas visiblemente en todos los hogares del mundo, especialmente a partir de la pandemia del Covid 19.

Hoy el eco feminismo pareciera ser el movimiento político con mayor fuerza para enfrentar la crisis ecológica en la que se encuentra nuestro planeta, producto de los rasgos androcéntricos que fueron transformando nuestra cultura hasta llevar al medio ambiente a un inminente final.

Sin embargo hay quienes ven en este movimiento un rasgo biologicista que afirma que las mujeres están más ligadas a la naturaleza que los hombres, y ven un enfoque peligroso para la representación política de las mujeres. Esta observación nos lleva a preguntarnos si la propagación del ensamble entre ecologistas y feministas es una prueba de que la combinación mujer/naturaleza/política finalmente ha tomado un lugar o es otra trampa romántica en la que caemos, nuevamente, con ayuda del sistema patriarcal.
La historia ya se ocupó de este tema en varios textos, entre ellos El segundo sexo de la filósofa Simone de Beauvoir: nos advertía acerca de esta problemática cuando trata acerca del lugar que ocupó la mujer en la historia política desde los primeros asentamientos de la humanidad.
De Beauvoir asegura que previo a que los nómades se fijaran en el suelo, tanto las mujeres como su progenie no tenían ningún valor. Prueba de ello se da en la cantidad de infanticidios que se registran en aquella época. Lxs niñxs eran una carga, dolorosa y peligrosa, ya que ponía en riesgo la vida de lxs mujeres, que no podían luchar por su supervivencia si debían atender las de sus crías humanas y sufrir su “destino biológico”.

Con el asentamiento de la humanidad, el valor de lxs niñxs se reconfiguró; el hombre ya no se limitaba a debatirse duramente contra fuerzas hostiles sino que comenzó a pensar y a construir su mundo, a pensarse a sí mismo. Por esta razón, sobre todo en las sociedades agrícolas, la mujer cobró cierto prestigio ya que eran sus niñxs quienes se encargarían de trabajar y cuidar la tierra. Con esta aparición del sentido de propiedad colectiva, también surge la necesidad de poseedores para la posteridad, de seres que se encargaran de asegurar el territorio conquistado. Es allí donde la maternidad se vuelve una función sagrada, otorgándole a la mujer un lugar de prestigio. Pero De Beauvoir se pregunta: ¿por qué la mujer no ha logrado hacer de la maternidad un pedestal? Dice: “Ni siquiera en los momentos en que la Humanidad reclamaba nacimientos de la manera más apremiante, ya que la necesidad de mano de obra era más importante que la de materias primas por explotar, ni siquiera en las épocas en que más venerada ha sido la maternidad, ni siquiera entonces ha permitido está a las mujeres conquistar el primer lugar”.
Y se responde con el siguiente planteo: si a la mujer se la vuelve un ser divino, su poder no reside en la tierra. Y si no tiene poder en la tierra, no tiene poder político.

¿Entonces el eco feminismo es una idea romántica? ¿Entonces las mujeres del Cordón de Famatina que luchan contra la minería a cielo abierto, que son un referente de resistencia en América Latina no son más que románticas atadas al pasado historicista?
O las mujeres mapuches del sur argentino y chileno que luchan contra la expansión de la frontera petrolera y del fracking ¿son ellas también unas románticas idealistas enamoradas de la tierra?
¿Y las Madres de Ituzaingó, en la provincia de Córdoba que hace ya casi dos décadas denunciaron la contaminación por agrotóxicos- como el glifosato- son  también ellas unas ilusas encadenadas a su destino de “cuidadoras”?
¿Qué tendría para decir Simone sobre todas ellas?
Otras culturas y pensadoras dirán que no es verdad que solo las mujeres tenemos el instinto del cuidado, negarán que exista un principio femenino ligado exclusivamente a nuestro género. Entonces, todo depende de quién cuente nuestra historia.

El cuidado, lo femenino y “no todos los hombres”

¿No todos los hombres quieren explotar nuestros recursos? ¿No todos los hombres violan? ¿No todos los hombres matan? ¿No todos los hombres son insensibles al dolor ajeno? ¿No todos los hombres están fuera de la lucha? ¿Deberían estarlo?

Una de las problemáticas que encontró el movimiento ecofeminista fue (como la de la mayoría de los feminismos) el excluir- de forma consciente o inconsciente- al género masculino. Si la premisa del movimiento se basa en la relación principio femenino/mujer/naturaleza ¿qué lugar ocupa el hombre? O dicho de otra manera ¿Hay lugar para el hombre? ¿Es capaz de alcanzar esa supuesta sensibilidad atribuida exclusivamente a las mujeres?
La respuesta, como dije antes,  dependerá de quién se encargue de relatar la historia, de la cosmovisión con la que llevemos adelante el relato.
Así como existen pensadores que le atribuyen un destino biológico a las mujeres, también existen pensadores que se cuestionan acerca del principio femenino y no solo lo encuentran en todos los seres sino que, además, lo revalorizan.

Volviendo a la comunidad Mapuche, el rol de la Machi, encargada de sanar y de cuidar la salud de la tribu, estaba en un principio permitido solo a las mujeres. Sin embargo, aquellos hombres que tuvieran cierta inclinación por lo femenino, fueran homosexuales o no, eran poseedores de “dos almas” y estaban habilitados para convertirse en hombres medicina, ya que poseían el principio femenino activo dentro de sí.
Estos géneros imaginarios de lo sagrado existen en muchas culturas del mundo, como el hinduismo o el budismo, además de los pueblos originarios de América.
¿Entonces esto quiere decir que la naturaleza y lo femenino están por sobre la sociedad y lo masculino? ¿Y entonces qué movimiento podría ser político si excluye a la mitad de la población? Bueno… la mayoría de los movimientos patriarcales de derecha (¿acaso la derecha podría no serlo?), desde hace varias décadas, pero volvamos a las preguntas anteriores.
Intentar responderlas nos ayudará a ver que juegan un papel importantísimo a la hora de comprender por qué el movimiento ecofeminista puede no ser considerado como político.
Esta comparación entre mujer/naturaleza sin dudas invierte el papel de pasividad a la que había sido relegada, pero también corre el riego de posicionarse por encima de los hombres y de la sociedad y eso sería replicar exactamente lo mismo que la cultura patriarcal ha venido realizando.

Por eso, una perspectiva un poco más amable y acertada sería la de Carol Gilligan acerca de la ética del cuidado. Para la filósofa éste tiene que ver con la escucha, con la capacidad de responder con integridad y respeto. Supone al cuidado como parte de las actividades relacionales que incluyen la comprensión de otro, como una facultad racional, y de ese modo es inherente a todos los seres humanos, sin distinción de sexo. Para ella es el patriarcado el que, a través de la división sexual del trabajo, alejó a los hombres de este tipo de vinculación  y no les permite que se inclinen hacia éste, manipulándolos con el mandato masculino de la fuerza.
Por eso plantea que una de las claves del ecofeminismo es aceptar que existe una relación de interdependencia entre los seres humanos cuya base es el cuidado. En esa línea de la interdependencia salta a la ecodependencia, que tiene que ver con el cuidado de la naturaleza, ya no como una ética feminista, sino como una ética de liberación.

Libertad, libertad, libertad

Habiendo despejado algunas de las problemáticas que podrían tornar al ecofeminismo en un movimiento excluyente del género masculino, o como en una suerte de fuerza neo hippie espiritual que romantiza la naturaleza como una deidad, podemos adentrarnos en las razones por las que el ecofeminismo representaría uno de los movimientos políticos más importantes de nuestra época.

En primer lugar, cuando hablamos de libertad debemos hacer hincapié en que hablamos de la salida de un sistema capitalista que explota la vida en todas sus formas como materia primera de su maquinaria infernal.
La lucha ecofeminista es cuerpada, no es simplemente ideológica. Mujeres de todo el mundo, pero especialmente en Latinoamérica (donde, no es casualidad, el territorio se explota cada vez con mayor descaro y rapidez habiendo traspasado límites irreversibles para nuestra salud ambiental) los movimientos ecofeministas le ponen el cuerpo y dan batalla para impedir el avance voraz de los intereses capitalistas. Y en esas luchas,  muchas pierden la vida (Latinoamérica tiene la cifra más alta del mundo en relación a muertes de activistas) o sufren todo tipo de violencia, en un intento desesperado por cuidar la tierra y modificar la forma en la que nos vinculamos con ella.
Sin ir demasiado lejos en el tiempo, podemos analizar lo que sucedió durante esta pandemia, tanto en las causas que la originaron como en la cantidad de información que salió a la luz en relación a la industria cárnica.
Incluso aunque muchxs aun traten de justificar la aparición de este virus con teorías que los alejen de la responsabilidad del consumo de la carne, lo cierto es que tarde o temprano, el dedo apunta hacia el consumidor. Aunque traten de justificarlo con la falta de higiene del mercado chino, o la excentricidad de los consumidores asiáticos a la hora de elegir los animales más placenteros al paladar, lo cierto es que la posibilidad de que surja una nueva pandemia proveniente del consumo animal es inminente en cualquier parte del mundo, sean cuales sean sus preferencias cárnicas.

Y en este sentido, el ecofeminismo ha sido el movimiento que, a lo largo de estos últimos meses, se ha encargado de informar a la población acerca de las problemáticas existentes detrás de estas prácticas.  Fueron lxs ecofeministxs las que dijeron NO al acuerdo porcino con China, lxs que advirtieron la causa detrás de los incendios en todo el país ligadas –en la mayoría de los casos- a la explotación del suelo para la críiado de animales. Fueron (fuimos) ellxs quienes (junto a otras agrupaciones) exigieron la ley de humedales, quienes se manifestaron al congreso en plena pandemia, quienes advirtieron que se estaba por firmar un acuerdo que dejaba de lado el interés y la opinión del pueblo, que simplemente “no habíamos votado esto”.

Tanto la colectiva de Actrices Argentinas, como renombradas escritoras, músicas y otras artistas divulgaron a través de todos los medios digitales información para exigir leyes que contemplen la problemática ambiental causada por el sistema de consumo capitalista.
El ecofeminismo es entonces, no solo un movimiento político, sino el único capaz de generar los medios necesarios para evitar el colapso de nuestro sistema ecológico y por ende de la continuidad de la vida, en todas sus formas.
Reformulando uno de los lemas más utilizados en las marchas ecologistas que dice “la naturaleza puede vivir sin humanos, los humanos no pueden vivir sin naturaleza”, diría que la naturaleza puede vivir sin política, la política no podrá ser ejercida sin un espacio que la contenga. Sin un planeta, no hay donde ejercer ningún tipo de política. Y el ecofeminismo lo sabe.

Por Lala Sosa
Ilustración: Van Arce

Bibliografía:
DE BEAUVOIR, Simone, El segundo sexo, Penguin Randon House Grupo Editorial, 2016
GILLIGAN, Carol, In a different voice, Harvard University Press, Cambridge, Massachusetts and London, 1993
STAMPA, Maristella, El colapso ecológico ya llegó, Editorial Siglo XXI, 2020